jueves, 10 de abril de 2014

Del libro "Poemas montaraces"



SOMBRERÓN

¡Si te alcanzo te lo pongo!,
le grito a los borrachos caminantes
para infundirles pánico,
y persigo a jovencitos fumadores
porque me agrada disfrutar sus vicios.

Mi sombrero, inmensamente grande,
me cubre por completo hasta los pies,
pero insinúo mi negra vestimenta
y mi porte imperturbable y misterioso.

Rechazo formular preguntas
y sólo aspiro a caminar tranquilo,
silencioso como la misma noche,
ignorando aquellos cuyas vidas sean
difusos signos de interrogación.

Me ven como jinete porque soy
bastante aficionado a los caballos,
en compañía de mis perros negros,
apresados con dos gruesas cadenas,
rebumbiosas y oxidadas a la vez.

Prefiero también las noches negras,
cuando salgo con mi ruana negra
y mi sombrero todavía más negro.
Viajo en condiciones afrentosas
por cerros de Antioquia y Viejo Caldas,
sin contar otras regiones del país,
asustando y siguiendo jovencitos
que fuman cigarrillos y algo más.

miércoles, 9 de abril de 2014

Del libro "Poemas montaraces"



MADRE DEL AGUA

Soy un mito folclórico en Antioquia,
Tolima Grande y Magdalena Medio;
me aparezco como hermosa joven
de largo pelo y mirada penetrante.

Con mis ojos, profundamente azules,
fulmino a los que no quieren mirarme
como diosa de las aguas colombianas,
porque tengo los pies vueltos atrás,
ya que la naturaleza, firme y buena,
decidió protegerme de los hombres
con ese ardid tan inocente y sabio.

Persigo niños cuando se hallan solos;
los llamo y les sonrío con ternura
para seducirlos con mis ocurrencias.
Ellos enferman y sueñan con la rubia
que los ama y convida sin temor
a que jueguen junto al fresco río,
donde nadan alegres y confiados.

Aseguran que surgí como leyenda
de una española inteligente y joven
enamorada de un apuesto indígena,
con quien tuvo prontamente un hijo,
que luego ahogaron sus abuelos
en presencia del padre maniatado
y ultimado a la vista de su amada.

Anegada de dolor me lancé al río,
convirtiéndome en diosa de las aguas
sobre el violento territorio colombiano.
Soy por eso apasionada de los niños
y vengativa con los otros seres
que conforman la estulta humanidad.

martes, 8 de abril de 2014

Del libro "Poemas montaraces"



CUATRO ESPANTOS

1
Con graznidos de acento desgarrado
anuncio maleficios al que me oye.
Habito en el Tolima, como saben
los pescadores del río Magdalena.

Me pusieron como nombre El Silbador
porque imito pájaros de mal agüero,
y me encuentro vinculado con Satán
en el reino de las brujas y la noche.

A través de mis ruidos imperiosos
presagio las desgracias de Colombia
y otras que acontecen en el mundo
como prueba de su pérfida crueldad.

2
Primo hermano del temible Silbador,
soy también invisible y lanzo gritos
que destruyen pequeñas poblaciones
en noches sin Luna y tormentosas,
cuando llegan irascibles las borrascas.

Horroroso también para el arriero
que imprudente transita los caminos,
desde el día en que un colega mío
a vivir empezó como alma en pena
por cierta maldición desconocida.

Con espantable voz apremio siempre
los conjuntos de mulas que transitan
como fantasmas cuadrúpedos y feos
por las trochas más oscuras del país.

3
Me conocen como Mano Negra,
Mano Peluda y Mano Verde.
Asomo mis uñas puntiagudas,
y mis palmas velludas y groseras
por rendijas, tablados y paredes.

No me arredran las puertas y ventanas
mientras vago por celdas del convento
denominado De la Candelaria,
con el fin de amedrentar los monjes
que mascullan oraciones decadentes
como eternas salmodias o plegarias.

En Medellín prefiero el color verde,
y aparezco en tragaluces y poternas,
donde asusto a transeúntes temerarios
que se atreven en la noche, sin permiso
de mis grandes poderes espectrales.

Resbalo por la vida (y por la muerte)
mientras crece mi leyenda tenebrosa
entre los pueblos fanáticos y crédulos
que azotan esta tierra diabólica feraz.

4
Me desplazo por aguas del Pacífico
como Buque Fantasma a la deriva,
y no atraco jamás en ningún puerto,
ni siquiera en ensenadas escondidas
porque soy escapista y misterioso,
enemigo de la muerte y de la vida.

Me gusta enloquecer a los curiosos
que intentan desafiar mi obencadura,
cuando proyecto mis luces amarillas
trastornando incluso a los valientes,
mientras voy diluyéndome en la noche
como todo fantasma respetable,
que carece de cuerpo y siente frío.

Del libro "Poemas montaraces"



TUNJO

A veces me convierto en Poira,
y como tal suelo llorar desconsolado
antes de lanzar mis carcajadas,
sorpresivas para los caminantes
que quieren acunarme entre sus brazos
cuando escuchan mi llanto lastimero.

Es allí que despierto y doy pavor
con mis grandes y afilados dientes.
Pero si me hacen la señal de la cruz
puedo convertirme en Tunjo
(muñeco de oro como me conocen).

Esas transformaciones las propician
los que son codiciosos y avarientos,
mientras intentan atraparme al punto.
En tales casos escapo a mi refugio,
dejándoles apenas la ilusión.

Mientras soy esa estatuilla de oro
deben guardarme en cofres especiales
fabricados con dos compartimientos:
uno de vivienda y otro de manjares.

Me agradan las semillas menuditas
y las palabras comprometedoras.
Si me complacen defeco barras finas
para enriquecer a quienes me poseen,
aunque deben conjurarme con frecuencia
los que pretendan conservar sus bienes.

Si no me proporcionan alimento,
desato lluvias, temblores y huracanes,
en los que grito, canto, toco y bailo
hasta calmar mi persistente hambre
con flores, frutas o animales.

Como Tunjo me extravío en otros casos
porque soy igualito a mis compinches
de Las Mil Noches y Una Noche:
generoso o vengativo si conviene
al interés que despierta mi poder
en los valles y montes colombianos.

lunes, 7 de abril de 2014

Del libro "Poemas montaraces"



MANCARITA

Como todos los mitos de mi estirpe,
soy salvaje y detesto a los humanos;
me gusta imitar la voz del hombre,
el grito de las hembras iracundas
y el llanto de los niños desolados.

A quienes cruzan mis dominios
los conduzco a la mitad del bosque
donde domino mis haciendas todas,
para dejarlos cautivos largo tiempo.

Tengo el cabello inmensamente largo
y un sólo seno en la mitad del pecho;
mi cuerpo es semejante al de una osa
y mis pies hacia atrás siempre confunden
a los que intentan perseguir mi huella.

Soberana de los Andes orientales,
sólo me acerco a rústicas viviendas
con mi grito prolongado y lúgubre
cuando la noche es oscura y silenciosa.

Juran que robo niños extraviados
y que tímida huyo hacia los cerros
si escucho llegar los cazadores
o el baladro irritante de sus perros.

Aseguran también en Santander
que existió una Rita manca, narradora
de cuentos para engañar ingenuos
y atizar sin vergüenza sus discordias.

Esa manca vagaba por la jungla
con cabellos y uñas en tal forma
que muchos cazadores previsivos
disparaban creyéndola una fiera
de grandes dientes y abundante cola.

Se alimentaba de frutas y raíces
mientras huía del contacto humano,
y andaba en lugares despoblados
lanzando voces lúgubres y fuertes,
aullidos de lobo y perro triste
mezclados con su llanto femenino.
Era el terror de todos los viajeros,
cuagulándoles la sangre con sus gritos.

Soy la que expliqué al principio:
hembra salvaje pero no chismosa.
Sufro y lloro como cualquier poeta,
pero no soy la Rita manca
que antaño quiso promover discordias.

Quizás se trata de una hermana mía,
pues tengo parentela numerosa
que se desplaza por distintas selvas.
Lo que sí poseo es voz de hombre,
grito de mujer y sollozar de niño,
que utilizo para embrujar incautos
y esconderlos donde nadie mire,
por ser ese mi mayor deporte
en el vasto territorio colombiano.

domingo, 6 de abril de 2014

Del libro "Poemas montaraces"



LUZ VIAJERA

En el Tolima y los Llanos Orientales
soy un mito folclórico y estable;
me llaman luz viajera por mi lumbre
de rápidos chispazos destructivos
y estrepitosos como tiesto roto.

Luzco brazos de pulpo y llama trífida
porque fui una abuela condenada
a castigos desmedidos varios siglos,
por maltrato a mis nietos cuando estuve
de paseo en los predios de la vida.

Al son de los gallos en la madrugada
ruedo ardiente como bola luminosa
sobre alambrados, estacones y barrancos,
que no faltan en ningún potrero.

Cruzo muros y puertas de las casas
como gráciles capullos de algodón;
me agradan las montañas empinadas,
donde trepo a la copa de los árboles
junto a trochas, riberas y lagunas,
caminos silenciosos y quebradas.

Me atraen las crecientes de los ríos,
mansiones descuidadas y ruinosas,
lugares donde duermen los tesoros,
playas remotas y tierras despobladas
junto a bruscas laderas y peñascos.

Quienes buscan llevarme hasta sus casas
deben rezar con devoción sincera
una plegaria mayor a las normales,
y si quieren apartarme del entorno,
lanzar denuestos y pútridas palabras.

Hay lugares en los Llanos donde voy
como bella mujer lasciva y joven,
seduciendo vaqueros que cabalgan
sobre bestias veloces y resueltas.

A los enamorados mentirosos,
borrachos, masones y perjuros
los ultrajo y acoso como un tábano.

De pronto me convierto en una lengua
inflamada y voraz como un demonio,
pero huyo al escuchar imprecaciones
o recibir furibundos machetazos
como en altas montañas del Tolima.

En mí ven una mujer desventurada
que murió prisionera entre su rancho
abrasada por un violento incendio
sin que nadie acudiera a rescatarla,
y que espanto por eso a los viajantes
cuando cruzan en noches solitarias.

Otros juran que fui violada en vida
por no pocos vaqueros criminales,
que llegaron incluso a destrozarme
a través de humillantes sodomías
y otras formas de sexo inconfesables.

Es por eso que me tomo la revancha
sobre las ancas de sus cabalgaduras,
abrazando a los hombres por detrás
para chuparles la sangre y masturbarlos,
hasta que caigan inertes sobre el piso
desde el lomo de sus caballerías.

El farol de Las Nieves soy en Tunja
y parto de una casa junto al templo
para cruzar silenciosa, en línea recta,
hasta la plaza llamada de Las Nieves;
luego sigo al Sagrado Corazón,
colegio señorial donde me pierdo
sin dejar ningún rastro de mis pies.

Son mis ancestros del antiguo Lacio
con la diosa Ceres, madre de la Tierra,
y en Grecia igualmente con Deméter,
bienhechora de la agricultura.

Como ven, no soy ninguna espuria
sino un mito respetable y noble
en diferentes lugares del planeta,
aunque sufra mi castigo vergonzoso
por la errada justicia de los hombres
que nunca saben aplicar sus leyes
ni vivir en sana paz como debieran.

Del libro "Poemas montaraces"



NIÑO POIRA

Soy dorado, alegre y juguetón,
y cuando los arrieros transitan
con sus recuas de mulas
por caminos de Colombia,
aparezco como recién nacido
llorando dolorido sin consuelo.

Al consolarme río a carcajadas
mostrando mis dientes gigantescos
y hablando con una voz tan gruesa
que causo terror a los viajeros,
aun siendo curtidos montaraces.

Cuando cruzan los jinetes por recodos
me les trepo a las ancas de sus bestias,
haciendo encabritar a los caballos
que se paran o galopan desbocados,
de acuerdo con sus fuerzas y resabios.

Hago acto de presencia en los hogares
y acompaño a las personas junto al río
mientras juego desnudo bajo el Sol,
y en las cálidas noches estrelladas
bailo alegre con los trasnochadores
bajo los rayos de la Luna llena.

Soy guapo, gracioso y bien querido
por los mitos vecinos de mi tierra,
y aunque siempre me teman los arrieros,
mis ocurrencias no son tan criminales
como dicen las lenguas embusteras.

sábado, 5 de abril de 2014

Del libro "Poemas montaraces"



MUELONA

No hay mujer más bella entre los mitos
que la Muelona. Y la Muelona soy yo.
Exhibo mis atributos
con sonrisa insinuante y enamoradiza.
A los hombres los atraigo con astucia,
conduciéndolos a lugares apartados
para luego devorarlos a mordiscos.

Aseguran los que me conocen,
que en noches oscuras y selváticas
sienten el triturar de mis molares
contra los huesos de los infelices
que han caído en mi poder.

Juran que tengo cabellera larga
como parte de mi mágica hermosura,
dentadura feroz y fulgurantes ojos,
sobre un cuerpo de mujer alegre y laxo.

Río a carcajadas con destemple
asaz desvergonzada y estridente,
asustando a sencillos pobladores
que cruzan por caminos solitarios
y saturan de miedo mis contornos.

Experimentan un pavor malsano
si me encuentran sobre árboles caídos
o en recodos junto a los peñascos,
porque soy atractiva y seductora
como una diosa caída de lo alto.

Engullo sin piedad a mis amantes
como a vacas o caballos gordos,
y persigo a los maridos por infieles
igual que a tahúres y borrachos,
pero nunca en lugares donde habitan
futuras madres o recién nacidos.

No faltan los ingenuos que me atacan
esgrimiendo medallas de San Isidro,
escapularios de la Virgen del Carmen,
imágenes del Santo Cristo
y otras mugrientas baratijas
adquiridas en iglesias y conventos,
como si fuese yo cualquier idiota
escapada de algún claustro monjeril.

Dicen que llegué como española
trayendo mi negocio a estas tierras.
Leía las cartas y la palma de la mano
en mi propia mansión de diversiones,
donde llegaban ilustres parroquianos
con sus ansias de sexo reprimidas,
pero expansivas en adivinaciones.

Siempre viví alegre y sin reparos
hasta el día en que la muerte
me convirtió en La Muelona,
temida por hombres perniciosos,
rameras y señoras casquivanas
que no saben vencer las tentaciones.

Invadieron mi casa los vampiros
y lechuzas de olores nauseabundos;
la gente, furiosa, la incendió
con rabia propia de mejores causas,
pero sigo vivita y coleando
en la mente de muchos colombianos.

Así proseguiré por este mundo
hasta que alguno corrija mi leyenda,
hoy explicada con informes falsos.
Aunque muelona, soy la más hermosa,
risueña y decidida en esta tierra
donde odio y matanza suplantaron
el divino simbolismo de los mitos,
sin que muchos protesten por la guerra.