su entereza y su forma de pensar, el Imperio no pudo doblegarlo. Más que honores defendió la
libertad, la paz, la justicia y la equidad.
Trascendió la noción del
cuadrilátero con aguda inteligencia y con valor; sus guantes, como mazos, aplastaron la estulticia, el fanatismo y la
crueldad.
A la guerra le negó sus galardones en las hinóspitas selvas de Vietnam. Y Occidente, con su blanca hipocresía, vetó sus triunfos de regio boxeador.
Nació para la gloria con su muerte, más allá de tartufos y políticos, sobre el vasto horizonte americano, en los estadios de la eternidad.
Amo y señor del excitante ring, aceptó sin modestia el desafío, deslumbrante y poético en su estilo, noqueando sin piedad a los rivales.
Bajo las luces de los reflectores África y América se unieron en su sensible corazón de esteta, como espinada rosa de los vientos, marcando su deriva y su derrota en el mar turbulento de la fama.
Que nos canten los bardos sus
hazañas y el Islam lo recuerde en sus
mezquitas, las huríes le prodiguen sus deleites y El Más Grande lo reciba en su
morada.