
LOS VIGILANTES
DE LA SEGURIDAD
PRIVADA
Hombres y mujeres, solteros o
casados,
a veces solitarios,
con sueños, proyectos y ambiciones
como todos los mortales.
Unos, que apenas comienzan
el fragoso periplo de la vida,
otros, ya maduros y más viejos,
que miran con apremio los fantasmas
de su imposible o próximo retiro.
Unos, nobles, serenos y abnegados,
otros viles, mezquinos y egoístas,
proclives al vicio y al abuso,
signados por el drama y la tragedia
y una que otra chispa de felicidad.
Unos, camuflados, con armas y
violentos,
otros, con modestos bolillos y
uniformes
que no alcanzan a espantar un mosco.
Víctimas también del desarraigo
en un país violento y sin cordura,
trabajando azorados noche y día
para cuidar los bienes de otros
entes
que ocultan sus miserias,
silenciosos.
¿Cuantas ilusiones rondarán por sus
cerebros?
¿Cuántos desafueros y amargos
desafíos?
¿Cuánta debilidad, cuánta bajeza?
¿Cuántos dolores lacerantes y
escondidos?
¿Cuánta sublimidad, cuánto rencor,
cuánta venganza en sus pechos
encendidos,
orgullosos, mal heridos o
humillados?
Soy su conciencia, soy su prójimo,
y como ellos avanzo en el camino
que conduce a la desintegración,
donde la paz, sin engaños ni
contornos,
nos saluda y garantiza cortésmente
el reposo inescrutable de lo eterno.
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