miércoles, 2 de abril de 2014

Del libro "Poemas montaraces"



PERRO NEGRO

Animal, pero mito al fin y al cabo,
lanzo mis aullidos por las noches
en diferentes lugares de Colombia.
Ladro fuerte y en primera persona
porque mi voz es la voz del pueblo,
que viene a ser la voz de Dios.

Junto al convento de San Francisco
en Tunja, ciudad fría y señorial,
permanezco transformado en roca,
y sus habitantes se llenan de pavor
con mis baladros tremebundos
en las calles, casi siempre solas.

Exhalo espeso vaho maloliente
y arrastro mis cadenas oxidadas
como demonio o espíritu maligno
por terrenos de Antioquia montañera,
cuando cruzo aullando los caminos
en noches de negrura y tempestad.

Con mi gran estatura cargo fardos
muy pesados para los mortales,
y echo fuego por ojos y por boca
para terror de borrachos y tahúres.

Es todo lo que puedo comentar
de mis muchos trabajos y poderes,
a través del señor Verano Brisas,
poeta que ha cantado desde siempre
las hazañas donde vuelvo trizas
a mis viejos y perpetuos enemigos.

martes, 1 de abril de 2014

Del libro "Poemas montaraces"



HOJARASQUÍN DEL MONTE

Aparezco en formas muy diversas
protegiendo bosques y animales,
sementeras y todo lo selvático;
me cubro con líquenes y helechos,
flores silvestres, hojas y bejucos
que me coronan como dios mayor
de los fértiles Andes colombianos.

Árbol caminante, quizás monstruo,
a veces mitad hombre, mitad asno
cuando no colosal simio peludo,
fui engendrado por alguien lujurioso
que se unió carnalmente a una bestia.
El vestido lo adquiero revolcándome
en la miel que derraman las colmenas.

Cuando alguno me parece bien
lo encamino por rutas verdaderas,
pero en el caso contrario
lo dejo en mitad de la espesura
para que muera por inanición.

Al talar los colonos el boscaje
me oculto en forma de tronco seco
hasta que brote de nuevo la floresta,
momento en que vuelvo a levantarme
para sorpresa y terror de los intrusos.

Entre musulmanes y españoles
tengo un primo parecido a mí,
y los indios guaraníes me suponen
peludo como soy, en forma humana,
devorando animales que les robo
a imprudentes y furtivos cazadores.

Si espantaban los sátiros en Grecia
con sus cuernos y orejas puntiagudas
a pávidos o intonsos caminantes,
también yo con mi musgoso cuerpo,
mis ramas, mi hojarasca y mis bejucos,
mis helechos y pezuñas de venado,
aterro sin piedad cuando aparezco
a los que quieren destruir el monte.

Soy la fertilidad aunque me teman,
pero ayudo y protejo a los honestos
que aman y respetan fauna y flora,
porque encarno espirituales fuerzas
que son vida y esencia de los bosques.

Del libro "Poemas montaraces"



PATASOLA

Con la Madremonte, mi colega,
soy uno de los mitos más temibles
que tiene el territorio andino.

Como mi nombre lo indica,
camino veloz en una pata
terminada en pezuña de bovino
o cualquier otro rumiante,
puesta al revés para despiste
de pesados y astutos seguidores.

Amiga de animales montaraces,
los defiendo feliz de los intrusos
porque poco me agradan los humanos
(leñadores, mineros, pescadores,
caminantes, cazadores y colonos),
que se adentran en la selva virgen
dañando lo que encuentran a su paso.

Cambio de forma cuando quiero
y me vuelvo mujer de un solo seno,
ojos desorbitados, boca inmensa,
cabellera greñuda, labios abultados,
nariz ganchuda, colmillos de felino
y muslos que acaban en mi pata sola.

Soy engañadora de los hombres
que conduzco a mitad de la espesura
para desorientarlos y reírme de ellos
por lo estúpidos que siempre han sido.

Los atraigo para hacerles el amor
y cuando están en pleno éxtasis
les arranco la carne de los huesos,
antes de esparcirlos con mi furia
por diferentes lugares del entorno.

Me convierto en perra grande y negra,
de orejas largas, sucias y muy feas,
o en vaca igualmente aterradora
que descuaja los árboles frutales,
rompe cercas y destruye techos,
además de otros males silenciosos
que realizo con mi pata demoníaca.

Me fastidian los sembrados de maíz,
yuntas de bueyes y recuas de arriería;
bebo sangre de los niños que secuestro
antes de botarlos sobre la hojarasca,
y despisto los perros en las tardes
cuando borro las huellas de sus presas.

Tengo detractores y enemigos
desde la noche en que maté a mi hijo,
y desnuda camino en despoblado
dejando huellas de mi pata sola.
Imaginan que fui mujer hermosa,
pretendida por jóvenes y viejos,
aunque perversa, libertina y cruel.

Dejé pronto a mi marido solo
y él fue quien me cortó la pierna
de un simple y certero machetazo,
al darse cuenta que me fui a vivir
con el patrón de la hacienda.
Desde ese día mi espíritu, penando,
deambula perdido entre matojos
dando gritos en busca de consuelo.

Odio a los cristianos por hipócritas
y me ofuscan sus modales retorcidos,
sus herramientas y demás haberes
como el hacha, la garlopa, el azadón,
el machete, la tusa y la candela.

Los campesinos de todas las regiones,
para aliviar sus tristezas y sus males
buscan la Uña de la gran bestia,
que es apenas un trozo de pezuña
de mi pata monstruosa y caminante.

Importante y genial soy como mito,
igualando a los aztecas y a los mayas,
los africanos, los griegos, los hindúes,
los nórdicos, los incas y australianos,
y diosa de la furia contra el hombre
que ciego intenta destruir la Tierra.

lunes, 31 de marzo de 2014

Del libro "Poemas montaraces"



MOHÁN

Muchos piensan que soy un ser mugroso
cubierto de pelos y abundante cabellera,
ojos brillantes, uñas largas y afiladas
que defienden mi figura de indio viejo.

Vivo en los montes junto a las lagunas
entre pozos oscuros y hondonadas,
peñascos y riberas de los ríos.

Unos me ven negro de cabello y piel,
estatura mediana y porte musculoso,
dios tutelar de riachuelos y quebradas
o animal de comportamiento huraño,
desconfiado, traicionero y rencoroso.

Otros me atribuyen altura gigantesca,
barba espesa, gran boca, piel quemada,
dientes de oro y aspecto demoníaco.

Obsequioso, juguetón y enamorado
persigo a las muchachas casaderas
cuando solas están lavando ropa,
y viajo en balsa por el Magdalena
tocando quena, como dice la canción.

En Boyacá y Cundinamarca
fui sacerdote muisca, no antropófago;
no robo niños para chupar su sangre
ni los aso en hogueras de hojarasca
en nocturnos y orgiásticos banquetes.

Custodio los tesoros que conservo
en charcos y peñascos donde vivo;
poseo un palacio subterráneo
donde llevo mujeres que seduzco
después de regalarles plata y oro,
narigueras, brazaletes y vestidos
con hilos de seda en las costuras
y bordes con bonitas piedras finas.

Soy travieso, hechicero y libertino,
y embrujo pescadores en los ríos
cuando juego con sus redes y carnadas;
ahogo al que se deje, en solitario,
sobre todo a los que violan mis dominios.

Cuando aparezco desnudo, sin aviso,
o cubierto con algunas hojas,
emito un vaho llamado el achacón,
que produce romadizos incurables.
Pesco diariamente y grito fuerte
en noches sin Luna y de huracanes.

Fumo tabaco y salgo a la ciudad
como un joven locuaz y vivaracho
que compra de todo, menos sal;
alegre y ya sin sol regreso a casa
sobre las aguas del río Magdalena
que acompaña mi mágico cantar.

Tengo parientes en el Amazonas,
cuenca del Orinoco y las Guayanas,
con los nombres de Hyorokón;
amistad con Cabracán de los Mayas
y con Chango, dios del trueno
entre las tribus Yorubas.

Soy emisario de los piaches
y sacerdotes nativos colombianos;
me alejé poco a poco hacia las cuevas
y lugares normalmente inhabitados,
al llegar los españoles con su espada
destrozando el territorio americano.

Del libro "Poemas montaraces"



MADREMONTE

Soy alguien muy poderosa
en los Andes colombianos,
en los valles del Magdalena
y en las riberas del Cauca,
igual que en otros lugares
del continente americano.

Ostento diferentes nombres
que demuestran mi fortaleza
como diosa de los montes;
rijo la lluvia y el viento
que azotan la vegetación
de toda Latinoamérica.

Me describen musgosa y putrefacta
al borde de quebradas y pantanos,
cerca de las grandes piedras
y sitios enmarañados por la fronda,
donde no cala el Sol del mediodía.

Dicen que mis ojos son brotados
y encendidos como un fogón,
que tengo colmillos de saíno,
manos largas y expresión de furia
porque me cubro de hojas secas,
cortezas, chamizos y bejucos.

Pero soy alta y corpulenta,
cubierta de ramas y hojas frescas,
musgos y lianas delicadas,
luciendo altiva mi sombrero alón,
con grandes plumas para más belleza.

De lo dicho sobre mi existencia
resalto lo que habla de mi cuerpo
como zarza prendida en movimiento,
mientras miro con rabia a los humanos
que buscan siempre destruirlo todo.

Ataco cuando hay fuertes tempestades,
inundaciones, derrumbes o borrascas
que arrasan las cosechas y el ganado;
doy bramidos y gritos en las noches
de mayor oscuridad, o desolada
me quejo cuando hay truenos,
incendios, ventarrones y relámpagos.

Defiendo la naturaleza y aborrezco
a los que invaden mis dominios;
me enervo cuando derriban árboles,
que son mi espíritu y razón de ser.

Persigo sin piedad a vagabundos,
a maridos incapaces y a borrachos,
igual que a bronquistas de linderos,
que desoriento y pierdo en el camino
cuando pretenden regresar a casa.

No faltan embusteros que aseguran
ver cuando robo niños en los campos,
para luego conducirlos a lugares
boscosos, detrás de las cascadas.

Y sostienen los mismos desmadrados
que cuando sola disfruto de mi baño,
especialmente en épocas de invierno,
dejo en las aguas residuos apestosos
que producen sarna, carate, culebrilla
y un sin fin de terribles padeceres.

Para no hallarse en mi presencia
los campesinos utilizan el tabaco,
pepas de cabalonga en los bolsillos,
medallas y también escapularios,
o un fornido bastón de guayacán.

No me agradan las comparaciones
con Dabeiba, Pachamama o Yara,
Capu, María Lionza o Caa-Yarí,
no por verlas inferiores y enemigas,
sino porque yo, la Madremonte,
domino las montañas colombianas
y defiendo, por razón o fuerza,
la flora que atropellan los humanos.

jueves, 27 de marzo de 2014

Del libro "Poemas escandinavos"



RAGNAROK

Los dioses, que también pertenecían
a una estirpe finita igual que los esir,
llevaban dentro el germen de la muerte.
Ese inmenso drama, con justicia poética,
indicaba por igual premio y castigo.

Los esir toleraban la presencia del mal
encarnada en el siniestro Loki,
pero seguían igualmente los consejos
del bondadoso Balder.

Ragnarok se cernía sobre todos
y el Sol palidecía de miedo
al conducir sus carros temblorosos,
evadiendo a sus devoradores.

La Tierra, mustia por el gran Invierno,
cubrió de nieve los puntos cardinales,
los vientos salieron de su jaula
y el suelo se cubrió de firme hielo.

Este visitante pavoroso y largo
duró tres estaciones y otras tres,
donde la Tierra perdió toda alegría
en su lucha global por la existencia,
mientras los más nobles sentimientos
de humanidad y compasión se hundían
en un oscuro socavón sin fondo.

Los gigantes nutrieron la progenie
del temible lobo con las médulas óseas
de asesinos y otros delincuentes,
hasta que la monstruosa descendencia
pudo conquistar el Sol, degollándolo
para mojar la Tierra con su sangre.

Por tal calamidad, el suelo se encrespó
y las estrellas cayeron de sus puestos,
mientras Loki, Garm y el lobo Fenris,
además de otros malvados y cretinos,
destrozaron sus cadenas vengativos.

Nidhung royó las raíces de Yggdrasil,
y el horrible gallo púrpura Fialar
cacareó tan fuerte sus alarmas
en la cumbre más alta de Valhalla,
que la repitió Gullim-kambi,
el espeluznante gallo de Midgar
y la no menos temida ave rojiza de Hel.

Dándose cuenta del augurio Heimdall,
por el estridente chillido de las aves,
lanzó el toque esperado tanto tiempo,
despertando con él a los esir
y a muchas otras deidades principales,
que veloces salieron de sus lechos
para emigrar o hacerle frente
a la contienda que se avecinaba.

Cabalgando en sus rápidos corceles
galoparon sobre el arco iris
hasta el lugar de la última batalla.

Midgar fue despertada por el ruido
y sus grandes contorsiones azotaron
los mares con tremendas olas,
antes de alcanzar el sitio que la unió
a los demás en la infernal refriega.

Las colosales avalanchas acuáticas
pusieron a flote el tenebroso barco,
hecho con las uñas de los muertos
cuyas tribus olvidaron los deberes
en su paso impreciso por la Tierra.

Cuando el velero estuvo aparejado,
Loki lo abordó con su feroz ejército
y enrumbó sobre las aguas turbulentas
hasta el lugar donde sería el conflicto,
al tiempo que Hel emergía de la tierra
acompañada del nefasto Garm
y otros bellacos de su imperio lúgubre,
mientras Nidhung atravesaba el campo
cargando muertos en sus negras alas.

Al llegar, Loki les dio la bienvenida
y los cielos se partieron varias veces.
Cruzando los abismos que surgieron,
los implacables enemigos cabalgaron
arrasando los perímetros de Asgard,
y los dioses se sintieron temerosos
al mirar tan sangriento desenlace.

Odín tenía un solo ojo,
Tyr apenas una mano,
y Frey un cuerno de venado
en lugar de su invencible espada.

Los esir demostraron ser valientes
al ponerse sus ricas vestiduras,
para llegar hasta el sitio de los hechos
dispuestos a vender caras sus vidas.

El Tuerto reunió todas sus fuerzas
y fue derecho al manantial Urdar;
se sentó sobre Yggdrasil (ya derribado)
con las Nornas sus eternas cómplices,
que en silencio y cubriéndose los rostros
rasgaban el tejido que yacía a sus pies.

Todos los combatientes congregados
sobre las vastas regiones de Vigrid,
lucían ademanes adustos y tranquilos;
los contrarios arrojaban fuego
y vapores que oscurecían el Cielo,
los vastos mares y la dura tierra,
con su horrible y venenoso aliento.

Se sintió una conmoción aterradora
cuando Odín y Fenris se enfrentaron;
Thor embistió a la serpiente Midgar
y Tyr midió fuerzas con el perro Garm;
Frey terminó con su oponente
y Heimdall con el protervo Loki,
ya derrotado en anteriores lances.

Aunque siendo poderosas y valientes,
las deidades debían sucumbir
junto al gran gobernante de Valhalla.

Fenris, ya triunfante en la contienda,
se agigantó desmesuradamente
y devoró el espacio con sus fauces,
engullendo sin más, de cuerpo entero,
al sumo dios en su infernal estómago.

Para vengar la muerte del Supremo,
Vidar se lanzó sobre el deicida,
cuya quijada inferior sintió el zapato
que la escindió como si fuera un bledo.

Los tizones lanzados contra el Cielo,
la Tierra y los nueve mundos de Hel,
cubrieron el árbol Yggdrasil
y alcanzaron la morada de los dioses,
ya luctuosa por tanta adversidad.

La vegetación se agostó por el calor
que hizo bullir el agua de los mares;
calcinados y llenos de cicatrices,
los continentes quedaron sepultados
bajo las olas del hirviente océano.

Ragnarok había llegado y la guerra concluido.
El caos vencedor, con los actores muertos,
impuso en todas partes su dominio.
Pero Vidar y Vali, reyes de la naturaleza,
decidieron no darse por vencidos
y regresaron juntos a las tierras de Ida
para hermanarse con los hijos de Thor,
representantes de la fuerza y la energía.

Rescataron el martillo de su progenitor
y amigo, mientras Balder mostraba
desde el inframundo, donde estuvo
en compañía de su hermano Hodur,
nuevos discos de oro para jugar felices,
como lo hicieron con sus compañeros
en su remota y recordada infancia.