domingo, 23 de marzo de 2014

Del libro "Poemas escandinavos"



LAS OLAS

Ran y Egir tuvieron nueve hijas
llamadas Olas o Doncellas de las Olas,
cuya hermosura se hizo proverbial:
brazos y pecho de líquida blancura,
ensortijada cabellera, larga y rubia,
ojos azules y esculturales formas.

Fascinantes, inquietas y sensuales,
les gustaba retozar en las llanuras
de los vastos dominios de su padre,
ataviadas con velos transparentes,
verdeazules, nacarados y ligeros.

Alocadas y volubles en sus actos,
trocaban su faz de alegre a hosca
en medio de vaivenes y huracanes;
se incitaban sin tregua mutuamente
mesándose el cabello con crueldad
y rasgando sus trajes con violencia.

A veces se estrellaban en los riscos
intentando perseguirse unas a otras
con tenaz y perverso atrevimiento,
jugando entre abortados temporales
o retando torbellinos y tsunamis.

Jamás se distanciaban de la playa,
a menos que su hermano el Viento
decidiera acompañarlas en el viaje,
cuando su estado anímico era brusco,
impulsivo, turbulento y peligroso.

Preferían caminar de tres en tres
junto a los barcos vikingos,
entre focas, marsopas y delfines,
cuando estos estrategas decididos
superaban los obstáculos en ruta
al compás de su heroico destino.

viernes, 21 de marzo de 2014

Del libro "Poemas escandinavos"



EGIR Y RAN

Egir, además de Niörd y Mimir,
era otra de las deidades marinas
que el Norte admitía como rey
de las profundidades acuáticas
(mar costero y primitivo océano).

Lo mismo que sus dos hermanos,
procedía de un género de dioses
distinto a los esir, los elfos y los vanas,
los gigantes y hasta los enanos,
aunque sí considerado omnipotente
en sus vastos dominios movedizos.

Aquietaba o provocaba tempestades,
y era visto como un anciano adusto
de larga cabellera y barba plateada.
Con sus dedos convulsos agarraba
lo que tuviera al alcance de la mano;
solía perseguir lanchas y esquifes,
y otras embarcaciones que arrastraba
hasta el fondo con fruición perversa.

Casado con su hermana Ran
(codiciosa y despiadada como él),
cuyo diabólico juego consistía
en esconderse cerca de las rocas
para devorar los marinos que salvaba
de los barcos hundidos por su hermano.

Los náufragos perdidos en el mar
la veían como diosa de la Muerte,
y en tierra creían que agasajaba
los navegantes que morían en él
llevándolos a su mansión acuática
para darles, entre peces y corales,
porciones de aguamiel tan abundante
como en las festividades de Valhalla.

Era conocida como Llama del Mar
por su pasión hacia el brillante oro,
y orlaba los palacios de su esposo
con el reflejo de las olas que azotaba.

Los marinos nórdicos llevaban
un poco del metal siempre con ellos,
para conjurar peligros imprevistos
en sus constantes y azarosos viajes
por las líquidas mesetas boreales.

Del libro "Poemas escandinavos"



EL MÁS ALLÁ

La diosa de la Muerte no era mala
con aquellos inocentes que albergaba
a través de su dicha negativa.
Pero las tribus del Norte le temían
al visitar su lúgubre morada,
si sus almas no eran puras y valientes.

Preferían herirse con su lanza,
arrojarse a precipicios o quemarse vivas
antes que aceptar una muerte vergonzosa.
Las mujeres, imitando a sus esposos,
se lanzaban desde las altas rocas
o contra los aceros recibidos en sus bodas,
para ser incineradas junto a ellos.

Los espíritus ya libres oficiaban
en la gloriosa morada de los dioses,
mientras los horrores aguardaban
a quienes siempre habían llevado
una existencia cobarde o delictiva.

Dispersos por los sitios terrenales
donde moraban los cuerpos insepultos,
navegaban por corrientes venenosas
hasta una cueva repleta de serpientes
cuyas fauces giraban hacia ellos.
Cuando la mayor dejaba de roer
las raíces del árbol Yggdrasil,
empezaba a quebrantar sus huesos.
Tras penosas y lentas agonías
eran depositados en el gran caldero
negro y bullente de las profundidades.

Algunos regresaban hasta aquellos
cuyos pesares o goces conocían.
Fue el caso de un amante fallecido
que imploró de su amada una sonrisa
para que el ataúd donde se hallaba
pareciera de rosas no de espinas,
regado con sus lágrimas de amor
y sin gotas de sangre coaguladas.

En épocas de hambre y pestilencia,
cuando todo se hallaba despoblado,
Hel salía a recorrer la Tierra
sobre un caballo blanco de tres patas.
Pero los vivos afirmaban que la diosa
no montaba un corcel sino una escoba
dada por la tribu de los enanos negros.

jueves, 20 de marzo de 2014

Del libro "Poemas escandinavos"



EL REINO SUBTERRÁNEO

Situado muchos metros bajo tierra,
sólo era posible entrar en él
después de largo y fatigoso viaje
por los curvos y ásperos caminos
de las abruptas regiones boreales.

Su puerta principal quedaba lejos
de la violenta población humana,
y hasta Hermod el veloz era incapaz
de llegar antes de las nueve noches
a su glacial vestíbulo,
donde había un puente de cristal
enarcado con el oro de la Tierra
y apenas sostenido por un pelo.

La vigilaba un espantoso esqueleto
que cobraba un porcentaje
de la sangre que llevaban los viajeros,
si cruzaban en caballos y carretas
donde hubiera sido levantada
la pira funeraria de las razas nórdicas.

Después de traspasar el puente
los peregrinos quedaban en la nada,
salvo unos arbolillos recubiertos
con hojas semejantes al acero.

Arribaban al umbral macabro
donde un perro feroz y ensangrentado
los miraba desde su agujero.
Era tan temido que todos los espíritus
le daban pasteles para entretenerlo,
algo bueno si el donante había calmado
la fatiga y la sed de los humildes
en su breve periplo por la Tierra.

Un aire helado se sentía por dentro
y en plena oscuridad podía escucharse
el hervor de un caldero gigantesco,
lo mismo que el rodar de los glaciares
entre ríos que llevaban como cauce
turbias aguas de espadas puntiagudas.

Allí estaba el palacio de una diosa
cuyo plato principal era la hambruna,
los cubiertos la avaricia insana
y la cama el pesar y la tristeza;
una sucia doncella era el descuido
y su novio la mugre y la molicie;
el fracaso reinaba en el umbral
y en sus cortinas las conflagraciones.

El recinto tenía muchos salones
donde la diosa recibía los visitantes:
perjuros, asesinos y cobardes
que fallecían sin brindar su sangre.

Las muertes por vejez o enfermedad
se llamaban sin más muertes de paja,
pues los tálamos del mundo, se decía,
eran hechos de tan burdo material,
inapropiado para los valientes
de la fría y audaz Escandinavia.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Del libro "Poemas escandinavos"




TRAGEDIA Y VENGANZA DEL HERRERO

Cuando las tres valkirias
dejaron a los tres hermanos,
éstos quedaron tan tristes y dolidos
que los dos primeros
se lanzaron en su búsqueda afanosos
con sus zapatos de impoluta nieve
por las heladas cordilleras nórdicas.

Pero Völund prefirió quedarse en casa
al pensar que cualquier persecución
sería inútil, peligrosa y zafia.
Halló alivio en el anillo de su esposa
como prueba de amor inquebrantable,
pensando que ella volvería a su lado.

Hábil herrero, fabricó enseguida
distintos elementos de oro y plata,
muchas armas con poderes mágicos
y más anillos como los de su esposa,
hasta que una noche perdió el original
mientras los otros subsistían intactos.

Sus esperanzas se vieron renovadas
creyendo que su valkiria andaba cerca,
hasta ser capturado por un sueco
que robó su espada y otras joyas
fabricadas con oro puro del Rin.

Fue luego conducido hasta una isla
y desjarretado para impedir que huyera,
pero forjó nuevas armas y ornamentos
además de un intrincado laberinto
llamado en Islandia Casa de Völund.

Desesperado, decidió vengarse
planeando su posible fuga,
e hizo dos alas como las de su amada
cuando huyó con las demás valkirias.

Un día el rey lo visitó temprano
llevándole la espada sustraída
para que se la dejara como nueva,
y Völund la trastrocó por otra
carente de poderes mágicos,
secuestró a los hijos del monarca
para matarlos sin piedad alguna,
hizo vasos con su par de cráneos
y aderezos con los dientes y ojos.

Fue el rey a restaurar su anillo,
robado al reo, como dije antes,
regresando a la cabaña del herrero,
donde bebió una pócima narcótica
que lo hundió en profundo sueño.

El prisionero remontó su vuelo
con las alas que tenía escondidas,
fue a palacio y relató los crímenes
de su majestad, que ya despierto
obligó al hermano del fugitivo
(caído también en su poder)
a derribar con numerosas flechas
al villano que así lo escarnecía.

Egil disparó a Völund bajo las alas
donde ocultaba entre cosidas bolsas
la sangre extraída de los jóvenes;
así el herrero se fugó triunfante
para devolver la espada Odín,
y que éste se la diera a Sigmund.

Después de sufrir tan duras pruebas
Völund regresó donde su esposa,
que ansiosa lo esperaba arrepentida
en el lugar que juntos escogieron,
donde fueron felices hasta el día
en que vino el ocaso de los dioses.

martes, 18 de marzo de 2014

Del libro "Poemas escandinavos"



LAS VALKIRIAS

Asistentes de Odín, cuando no hijas
como la bella y descortés Brunilda,
nacían de valientes y mortales reyes,
pudiendo mantenerse invulnerables
mientras permanecieran vírgenes,
conocieran y acataran a los dioses.

Con sus corceles encarnaban nubes
y rayos con sus brillantes armas,
descendiendo sobre los héroes caídos
para llevarlos en brazos a Valhalla
donde muchos placeres esperaban,
y ayudaban también con su bravura
a que los dioses vencieran en batalla.

Jóvenes y bellas, enseñaban
sus níveos cuerpos y cabellos rubios
bajo celadas y petos de oro y plata.
Con corseletes, bermejos como sangre,
lanzas y escudos de fulgurante acero,
iniciaban decididas el combate
sobre caballos de sin par blancura
que volaban llevando por los aires
hasta las puertas del sin par Valhalla,
no sólo a ellas sino a otros guerreros
besados por los labios de la Muerte.

De las crines de sus cabalgaduras
caían el hielo y el rocío celestiales
mientras iban veloces por el mundo,
en tierra firme y anchurosos mares
sujetando a los vikingos fallecidos
y los sobrevivientes que avistaban
nadando indoblegables a las costas
ansiosos de afrontar seguidamente
el comienzo de la próxima contienda,
que anhelaban con fundado orgullo.

Freya y Skuld las lanzaban a la guerra
nombrándolas Doncellas del Deseo,
para escanciar el aguamiel divino
en las jarras de los recién llegados,
por los amplios salones de Valhalla.

Si un hombre las hallaba en tierra
bañándose sin sus plumas de cisne,
quedaban obligadas como concubinas
o esposas fieles, si el mortal quería.

Fue lo que ocurrió a los tres hermanos
que habiendo robado a tres valkirias
los trajes de pluma dejados en la orilla
de un profundo y apartado río,
las retuvieron para sí por nueve años,
hasta que la evasión de las cautivas
fue posible al recobrar su atuendo,
y así volver a la mansión divina.

lunes, 17 de marzo de 2014

Del libro "Poemas escandinavos"



HISTORIA DE NORNAGESTA

Cuando las Nornas visitaron Dinamarca
en la residencia de un noble cuya esposa
paría en ese instante su hijo primogénito,
se introdujeron al cuarto donde estaban
madre y niño esperando los pronósticos
que siempre se dan en tales casos.

La mayor predijo cuando entró:
Será bien parecido y muy valiente.
La segunda declaró:
Será próspero y excelente escaldo.
La tercera completó el pronóstico:
Vivirá tanto como tarde en consumirse
el cirio que alumbra junto a él.

La primera, decidida a no dejar
que sus augurios fracasaran,
tomó el cirio y apagó la llama
antes de dárselo a la progenitora,
pidiendo lo guardara entonces
hasta que el hijo fuese adulto
y ya viejo se cansara de vivir.

Entonando intrépidas hazañas
a través de las provincias boreales,
Nornagesta conservó la vela
entre su arpa, para estar seguro.
Como era entusiasta y muy poético,
no sintió pronto cansancio de la vida
y estuvo en tierra por trescientos años.

El rey Olaf lo vinculó por fuerza
a la nueva oscuridad de la península,
obligándolo a encender el cirio
para mostrar que las supersticiones
son mera vanidad y nulo intento
de los que tienen filiación pagana.

Vio Nornagesta con temor la llama,
finalmente gastada y extinguida,
cayendo entonces sobre el duro suelo
para nunca volver a levantarse.
Así se confirmó que los augurios
suelen cumplirse inexorablemente
sin el permiso de los inquisidores,
heraldos siempre de conciencia mala.

domingo, 16 de marzo de 2014

Del libro "Poemas escandinavos"



LAS DIOSAS DEL DESTINO

Fueron conocidas como Nornas
y vivían bajo el árbol Yggdrasil
en las riberas del manantial Urdar,
del que tomaban agua diariamente
para irrigar el gran fresno sagrado.
Evidenciaban los futuros males
exigiendo buen uso del presente
y dando explicaciones del pasado.

Tejían el destino con sus manos
y custodiaban las manzanas de oro
que colgaban del árbol de la vida,
la experiencia y el conocimiento,
dejando a Idun recoger los frutos
que guardaban su eterna juventud.

Alimentaban los divinos cisnes
en las orillas de la fuente Urdar.
Con las plumas recubrían su cuerpo
al iniciar largos viajes por la Tierra
junto a las costas de distintos mares,
ríos y lagos donde descansaban
ofreciendo consejo a los humanos.

Eran sus hilos tan sumamente extensos
que mientras una tejedora se encontraba
en la cima principal de una montaña,
por ejemplo en el extremo occidental,
halaba la segunda desde el lejano este
sin que la hebra tendida se rompiera.

Los colores eran fuertes y variados
según las novedades que anunciaran:
los enlutados, extendidos Norte a Sur,
auguraban fenómenos fatales;
en cambio, los tonos encendidos
traían el dinero, el amor y la salud.

Sometidas a Orlog, Señor del universo
que ignoraba el principio y el final,
Odín las consultaba como ayuda
en las riberas del sagrado manantial,
pero ellas respondían con silencio
aun sabiendo el destino de los dioses,
sobre todo en el incierto porvenir.

Del libro "Poemas escandinavos"



ORIGEN DE VALI

La única hija del rey de los ruthenes
era grosera, prepotente y fanfarrona;
por eso desestimó los pretendientes
dados por su padre, incluso a Odín,
que vestido de general la cortejó
al vencer los enemigos del monarca.

El anciano se sintió tan deprimido
por la obstinada negativa de su hija
que decidió no luchar en las batallas,
pero el Supremo Tuerto, sin temores
y siempre indoblegable en la conquista,
no dio el brazo a torcer por la derrota.

Se tornó en fabricante de aderezos
y joyas finas de distinta clase.
Ella le dio como respuesta un golpe
tan certero, desalmado y fuerte,
que el dios cayó de bruces contra el piso,
antes de regresar como guerrero
dispuesto a seducirla con su encanto.

La princesa lo empujó de nuevo
y Odín resbaló sobre la tierra,
alzándose enseguida con las Runas
que portaba escondidas en su pecho,
y conjuró a la mujer con tanta fuerza
que casi muerta la dejó en el suelo.

Cuando Rinda volvió al conocimiento
se sintió trastornada y melancólica;
Odín, como anciana, prometió curarla
si la dejaban, atada, hablar con ella,
y a solas para más seguridad.

Disfrazado así de octogenaria
convirtió a la díscola princesa
en su constante y servicial esposa,
haciendo realidad la profecía,
pues la hija del rey de los ruthenes
tuvo un hijo con él llamado Vali,
quien vengó a su hermano Balder
matando al tenebroso Hodur,
monarca ciego de la oscuridad.