domingo, 14 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



MINÚSCULA SAGA
EN EL SUEÑO DE UN MARINO ALUCINADO

Partí con mi tripulación hace milenios
por insondados mares,
en busca de países fabulosos.
Surcamos aguas del Norte y del Sur
hacia el Levante. Las de Occidente
vieron cruzar nuestras veloces naves
como gaviotas rasantes en la espuma,
desde el grandioso Amazonas
hasta las costas de Arabia,
desde China hasta Norteamérica,
desde la hermosa Noruega hasta Vinlandia.
Partiendo de Dinamarca llegamos hasta México.

En la potente flota del faraón Necao II
circunnavegamos toda el África,
saliendo de Guéber por el Mar Rojo
y terminando en Sidón sobre el Mediterráneo.
En compañía del gran cartaginés Hannón
iniciamos un periplo que llegó
hasta la isla de Fernando Poo.
¿Por dónde no navegaríamos?

Encontramos culturas primitivas
y otras muy avanzadas.
En Yucatán y Perú
crecían sociedades más complejas
cuyas tecnologías anunciaban
refinadas evoluciones preincaicas.

La leyenda de Quetzalcóatl,
como ente civilizador,
ofreciendo mariposas a los dioses,
fue fruto de nuestras enseñanzas.
Noche negra para el espíritu de Quetzalcóatl
fue compartir por embriaguez
el lecho con su propia hermana.
Ningún espejo se mostró tan cruel
con los pecados incestuosos de la realeza.

Llegamos en tiempos muy remotos,
con los celtas, los fenicios, los judíos,
incluso con los nipones,
los egipcios y los chinos,
hasta las óptimas tierras de América del Sur.

Vestigios de caracteres rúnicos
en la imagen de un personaje legendario,
grabados sobre las rocas, al este de Paraguay,
aseguran nuestra dispersión vikinga,
cuando con velas desplegadas
quisimos navegar hacia Islandia.

Una tormenta de días y de noches
desvió nuestro rumbo
hasta las costas donde empieza
la impenetrable selva sofocante.

Itinerarios comprobados e hipotéticos
son el resultado de nuestras muchas hazañas.
Recuerdo ahora cómo mis hombres gozaban
con las inscripciones, serpientes y discos solares
descubiertos en el fondo de las cuevas.

En el lejano reino de los Incas,
entre las altas montañas,
dejamos también nuestra leyenda:
Algunas balsas de junco,
restos de barba y mechones de cabello
junto a las rudas pieles con que nos cubríamos.

Por el estrecho de Bering regresamos a Siberia
aprovechando el ciclo de las glaciaciones.
Cazábamos y pescábamos a través de las estepas
con nativos que se aventuraban en busca de sus piezas.
Ese inmenso puente de hielo, uniendo los dos mundos
desde hace más de 40.000 años,
mantiene el paso firme para los exploradores
que requieren la existencia de caminos regulares.

Al principio navegábamos sin brújula
guiados apenas por las brillantes estrellas,
procedimiento adecuado para el cabotaje
pero no para meterse en el océano
y cruzar miles de kilómetros ausentes de la tierra.

Realizábamos portulanos muy exactos
partiendo de documentos más antiguos
procedentes de la gran biblioteca de Alejandría
y de nuestra propia experiencia y conocimiento.

Diodoro de Sicilia nos aseguró
que había una isla montañosa, vasta y fértil,
surcada por ríos navegables,
más allá de los mares africanos,
después de traspasar las Columnas de Hércules.
Allí dejamos la siguiente inscripción:
Somos cananeos de Sidón
originarios de la ciudad del Rey Mercader.
Vinimos a parar a esta isla lejana y montañosa.
Sacrificamos a los dioses un adolescente
en el año 19 de nuestro poderoso rey Hiram.
Zarpamos de Esyón-Guéber, en el Mar Rojo,
y hemos navegado en diez naves
permaneciendo sobre el agua durante dos años
en ruta alrededor de África.
Pero la mano de Baal nos separó
y así llegamos doce hombres y tres mujeres
hasta la “Isla de Hierro”.
¿Acaso a mí como jefe de la tripulación
me es posible desertar? ¡De ningún modo!
¡Que los dioses nos asistan!

Como budistas partimos a Fusang,
paraíso situado en otra orilla del océano Oriental.
Nuestro pequeño junco,
llevado hasta California por las rápidas corrientes,
terminó su larga travesía por el Pacífico Norte
no exento de fuertes tempestades.

Hallamos un pueblo trabajador, que no tenía ciudades
y detestaba la guerra.
Encontramos también el árbol de Fusang
con sus brotes comestibles más sabrosos que el bambú.
Con su corteza confeccionamos telas
que luego utilizamos para un nuevo velamen,
construimos viviendas y fabricamos papel.

Al regresar a China
llevamos como presente al emperador Han
300 libras de seda,
producto de aquel maravilloso árbol.
Futuras investigaciones probarán
la expansión marítima del Asia.

Empujados por tempestades o vientos calurosos
proseguimos nuestras aventuras
por los secretos pasadizos del mundo.
En los años de Eric el Rojo y de su hijo Leif
hicimos recorridos de innumerables kilómetros,
con el fin de alcanzar unos islotes
de cuya existencia teníamos noticia.
Arribamos a países de verdes praderas
y pendientes cubiertas de tupidos bosques,
donde focas y morsas retozaban en los fiordos.

Eric regresó a Islandia, pero mi tripulación y yo
decidimos quedarnos algún tiempo,
estimulados por aquella tierra hermosa
que mi segundo de a bordo denominó Groenlandia.

Hacíamos excursiones navegando a la deriva
acosados por las nieblas y los vientos del norte.
En ocasiones divisábamos costas ignoradas
con suaves elevaciones y arboledas
diferentes a las de Groenlandia.

Recorrimos a la inversa
la ruta de muchos navegantes
descubriendo lagos y nuevos litorales
adornados con playas de fina arena blanca.
En algunos de sus fondos varamos nuestras naves
aprovechando la marea baja.
Cuando subía
remontábamos el curso de los ríos
en busca de leña para nuestra lumbre.
Abundaba el salmón y el invierno era tan suave
que el ganado vivía a la intemperie.
Hasta en el más breve día del año el sol brillaba
desde la hora del almuerzo hasta la noche.

Cierta vez, el timonel hizo un descubrimiento:
¡ V i ñ e d o s !
Al despuntar la primavera
llenamos las bodegas con la divina esencia
y cargamos la nao con excelente madera.

Olvidaba decir cómo era nuestro barco:
Mezcla de knorr vikingo y de galera fenicia,
tenía algo de carabela española y junco chino;
35 metros de eslora
con elevado puente y una curiosa proa,
tablazón de ciprés y remos de encina.
Mástil de cedro como palo mayor,
con su vela cuadra, de lana.
El palo delantero lucía vela latina
y el árbol posterior llevaba la cangreja.
Un techo redondeado, a manera de seta,
cubría casi un tercio de la cabina de popa.
En resumen,
íbamos preparados para navegación de altura.

Después de muchos viajes, de ires y venires,
quedamos en América.
Dejamos el mar (no para siempre)
y penetramos como agujas por incontables ríos.
Los deltas, las arenas, los bosques, los meandros
nos fueron alejando de la costa.

Y remontamos selvas, remolinos y desvíos
con la ambición a cuestas.
Descubrimos nevados, abismos y volcanes;
el paso por los Andes fue una epopeya incierta
pero lo recorrimos con un valor suicida
fundando mil poblados entre la manigua.

Con alas extendidas, el cóndor
nos hizo muchas veces la sombra necesaria
para evitar el sol, ardiente y resecante,
o las tupidas lluvias de ciclo interminable.

Al mar nunca volvimos. Nuestros viajes
se fueron transformando en pura fantasía.

Al despertar,
el barco en que viajaba era una nuez partida
luchando con las olas del Atlántico furioso,
negro y profundo como la noche invernal.

sábado, 13 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL MAR

Esos partos sin fin del universo
en su lecho de luces y tinieblas.
Esos húmedos soles de la vida
quemándose en las tardes, en la noche.
Esa vida, esas tardes, esa noche
rodando como fuente en los espejos.
Ese amor, esa muerte solitaria,
tu frecuente sonrisa contenida.
Mi verdad, tu mentira indescifrable,
todo eso y mucho más
tiene
                el mar
                                el mar
                                               el mar.

Del libro "León hambriento el mar"



BARCOS DE VELA

Son
barcos
que pulsan
la fuerza
del viento
por todos los mares
del pícaro mundo,
con varios juanetes
y sobre juanetes,
con mágicas gavias, mayor y cangreja,
con muchos obenques
y largos trinquetes con sus trinquetillas,
con rígidas vergas, con sus botalones,
palos de mesana con sobremesana,
con velas de foque
y de contra-
foque.

Con tanto velamen de distinto nombre, de diverso corte,
fórmase un barullo de los mil demonios
como en la balandra que navega
dentro de mi rojo mar.





viernes, 12 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



JORNADA DE PESCA

Suelo levantarme a las cuatro de la mañana,
tomar mis aperos y embarcarme
cuando el alba se asoma sobre las crestas del mar.
Parto solo por ser hombre de poca compañía.

Me adentro en el espejo infinito
mientras crece el tamaño de mi panga.
A medida que me alejo de la costa
mi barca se hace más grande.

Mi barco ya es un buque que se bambolea
sobre las olas que pegan contra el casco.
Bajo cubierta se nutren y estremecen
las máquinas procesadoras
que comparten su escenario de locura.

Mi buque tiene 95 metros de eslora
y su manga lo exigido
por los más avezados constructores.

Émulos de Alemania unificada,
Estados Unidos y la antigua Unión Soviética,
que vienen de Groenlandia y Labrador,
procesan, según su cuaderno de bitácora,
casi tanto como nosotros:
¡180 toneladas por día!

Después de la selección inicial
la pesca accesoria debe limpiarse a mano.
Algunos cantan; otros gritan y bromean
o cambian gestos obscenos con sus compañeros.

A las 7 y 35 suena el sistema de altavoces:
¡A izar, a izar! ¡Halen a cubierta!
Dicen los muchachos que ciertos peces, muriendo,
parten con sus dientes los mangos de los remos.

Redes con alas y cabos estabilizadores
se columpian entre garfios y cables
más largos que la embarcación.
Si el contramaestre desempeña su oficio sin destreza
produce atascamientos y pérdidas humanas.
Cuando desciende el barómetro
fuerzas amenazadoras, hasta de 40 nudos,
avanzan hacia nosotros. Suena la sirena.

La aguja del manómetro vacila y cae a cero.
Las ráfagas aumentan y debe suspenderse la faena.
Tras montañas de agua, en desafío permanente,
vemos otro pesquero igualmente en apuros.
Destapo la botella y doy un trago a mis hombres.

Son las dos de la tarde en el océano;
cielo despejado, mar en calma.
Todos contentos, hay mucho barco a la vista:
Británicos, polacos, portugueses, españoles.
Es abrumadora la presencia rusa;
también la japonesa.

Con los prismáticos capturo tanta información
que cualquier capitán la envidiaría.
En los barcos franceses todo es bello.

Me dispongo a regresar, quiero volver a casa;
mi buque se reduce, la temperatura es cálida.
A las cuatro menos cinco afianzo rumbo a la costa;
mi barco sigue achicándose, se divisan las colinas.
Ya es una lancha perdida en el recuerdo.

La tierra está muy cerca;
los perros corretean jugando con el agua.
Un pequeño atún reseco por el sol es todo mi botín.
Allá, en el horizonte, un buque fábrica se aleja
como fantasma en busca de la noche.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL RESCATE DE EL RUMBA

Verdinegras montañas coronadas de espuma
llegaban del noroeste
castigando con violencia el costado del carguero
(son borrascas muy frecuentes en invierno
frente a costas canadienses).

En bodega, boggies de locomotora
se estrellaban contra el vientre
maltratado del gigante.
Ráfagas de nieve se oponían
a todo intento de auxilio desde el aire.

Los curtidos tripulantes presintieron
el posible abandono de la nave,
pero en tales circunstancias no era dado
el uso de los botes salvavidas.

Felizmente, un remolque que cruzaba
desafiando los fuertes ventarrones
por aquellos parajes solitarios,
disparó sus cabos hacia El Rumba,
hasta ser atrapados por las manos
de los rudos marineros.

Las dos embarcaciones, reunidas,
se lanzaron a través de las tinieblas,
con sus proas hacia puerto.
Al llegar con el alba el nuevo día
náufrago y remolque continuaban
cabalgando seguros el océano,
pero muchos de los boggies en cubierta,
tras aquel apocalipsis tenebroso,
ya no estaban como antes en sus puestos.

Del libro "León hambriento el mar"



SIR FRANCIS DRAKE

Como todo corsario respetable
este noble pirata caballero
impuso en los sitios más disímiles
su ley, su pasión y su bandera.

Probó fortuna en aguas del Caribe
saqueando los puertos granadinos
y otros tantos de Centro y Suramérica.

Atacó a los portugueses que viajaban
con destino a las Indias Orientales,
y venció a los ibéricos cayendo
sobre Cádiz por sorpresa.

Su Golden Hind,
con veintisiete metros de eslora
y seis de manga,
era una embarcación de buen calado
que podía desplazar cien toneladas
y ochenta tripulantes ampliamente.
Sus dieciocho cañones la guardaban
de posibles asechanzas enemigas;
desde cofa los vigías,
entrenados en ballesta y en mosquete,
oteaban dispuestos al combate.

Grandes masas de oro, reunidas,
consecuencia de múltiples pillajes
efectuados contra barcos españoles,
fueron fruto final de las batallas
que libró para gloria de Inglaterra.

No contento con tales desafueros,
según la relación de sus asaltos,
fue asimismo a través de su existencia
un curtido y sagaz explorador.

Murió finalmente en Portobelo
(amargado en verdad por la derrota
que le dieran las tropas españolas)
de una simple y vulgar disentería.

martes, 9 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



FRANCISCO DE ORELLANA

Rabadán de pastores,
se aventuró en el mar tras un amigo
conquistador de las tierras del Perú.
Acumuló riquezas en haciendas,
en botines de guerra y en esclavos.

Ascendió a gobernador, pero embrujado
por el canto de las aves en la selva,
vendió cuanto tenía
para unirse al hermano de su amigo
que viajaba al país de la canela.

Después de la escisión llegó hasta el Amazonas,
continuando su ruta hacia el Atlántico,
acusado de traición y deslealtad.
De regreso a la patria
se propuso financiar su empresa:
Poblar y retener lo conquistado.

Sin embargo, la suerte le negó
(lo dice el narrador de sus hazañas)
el pago de su lucha inquebrantable,
hasta el día en que vencido por el trópico,
a la edad de treinta y cinco años,
suspendió la tarea comenzada.

lunes, 8 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"




MAGALLANES

Circunnavegó la Tierra
en no muy consistentes embarcaciones
buscando nuevas rutas a la inmortalidad.
Enfrentó con valor el sabotaje
y la sublevación de sus hombres,
minados por el escorbuto.

Dura y fría proeza
fue cruzar las aguas de los patagones,
coronada con la muerte
en el feroz ataque de los filipinos.

Pero algo queda en la memoria de los pueblos
y la posteridad no ha sido ingrata del todo:
Varios sitios, en la Tierra y en el cielo,
conservan dignamente su nombre
como sello indeleble y carismático
en los archivos de la historia universal.

Del libro "León hambriento el mar"


VASCO DE GAMA

Los portugueses no cejaban en su empeño
de hallar nuevos países al otro lado del mar.
Las distintas expediciones,
comandadas por hombres avezados
en el difícil arte de la navegación,
buscaban intercambios comerciales
con los Estados de Oriente.

En medio de tanto aventurero,
no siempre coronado por el éxito,
creció un niño vivaz a quien la madre
deslumbró con canciones y leyendas
de regiones misteriosas y distantes.

Muy joven conoció el Mediterráneo
defendiendo los puertos imperiales
de los navíos piratas.
Fue a India por las costas africanas,
regresando después a Portugal,
donde un largo reposo de 20 años
lo alejó de sus dudas y los viajes.

Finalmente, el eximio navegante
reanudó sus andanzas marineras
por las aguas del Asia legendaria.

viernes, 5 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL HOMBRE QUE VIVIÓ EN EL MAR

Aquella noche el viejo Saunderson
no tuvo en quién desalojar su furia,
mientras el viento del Este, taciturno,
traía de la vasta inmensidad
el ronco sonido de las marejadas.

Todo era deslumbrante para el ansioso joven:
la charla de los tripulantes,
el alquitrán y la estopa,
el crujido de las jarcias,
el graznar de las gaviotas.

Con el romántico nombre de Freelove,
su primer buque fue un destartalado carbonero
pesado y bullicioso: Nueva Zelanda – Hawai –
Australia – Estrecho de Bering – Terranova –
Buena Esperanza – Nueva Caledonia – Tahití...
Casi todo el Pacífico y parte del Atlántico,
entre muchos otros lugares,
dieron testimonio de su tenacidad
como viajero incansable,
matemático y astrónomo.

Refutó la existencia de míticos países
y supuestos pasadizos
indicados en los mapas de la época.
Los astros se unieron a su rumbo,
cuando Venus cruzó el disco del Sol
el 3 de junio de 1769,
suceso irrepetible en lo restante del siglo.

Aprendió a conocer el carácter de los hombres
y el trabajo encalleció su cuerpo
pero no su corazón.
Practicó la honradez,
las buenas maneras y los altos ideales.

Como grumete su vida fue muy dura.
Luego pasó a ser marinero,
después contramaestre y finalmente capitán.

Años más tarde, cuando arreció la tormenta
destruyendo mástiles y haciendo trizas las velas,
los nativos aprendieron que su dios era mortal.
Su cúter fue robado para sacarle los clavos,
en tanto el brujo de la tribu
declaraba el distrito como un extenso tabú.

En medio de estampidos de cañones
y atrapado entre lanzas y flechazos,
el gran navegante sucumbió.
Los sobrevivientes arrojaron sus restos
al sitio por él denominado:
Las oscuras profundidades de mi hogar.

jueves, 4 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



POLINESIOS

Quizás comenzó todo 40 siglos atrás
cuando el hombre occidental desconocía
la extensión casi lacustre del Mediterráneo.
Dominaron el Pacífico
sin más ayuda que las estrellas y el viento.
Sus temerarias travesías en todas direcciones,
iniciaron la más grande aventura migratoria
de que tenga noticia la civilización.

Tocaron playas suramericanas
en primitivos pero bien diseñados catamaranes,
demostrando su pericia como navegantes.
En ciertas épocas las rutas
se vieron tan congestionadas
que los capitanes se batían
en duras contiendas por el dominio del mar.

Un tal Kupe mató al esposo de su amiga
y huyó con ella para evadir la justicia,
descubriendo lo que es hoy Nueva Zelanda.
Tangiia y Karika, olvidando su fiereza,
pudieron entenderse y compartir Rarotonga.

¿Quién cantará ahora sus proezas y bravura?
Talvez el mar con su canción nostálgica
hiriendo el corazón de los que parten
hacia lejanas islas;
sordo rumor que todavía se oye
como un himno triunfal sobre las aguas.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"


LA ISLA SAGRADA

Casi todos sabemos de las maderas parlantes
donde la Isla Sagrada guarda su vieja historia.
Esas tablillas, con el bastón de mando
y algunos ornamentos pectorales
mostrando signos y grabados simbólicos
extrañamente bellos,
acompañaron la salmodia de los sacerdotes.
Nadie ha podido descifrar
la impenetrable complejidad de sus significados.

Voces que hablan a las estrellas
mientras la noche marina tiende su manto de seda
sobre la majestuosa superficie del océano.
Escritura hermética que pone en evidencia
el naufragio de la razón en continentes antiguos.
Fuerzas invisibles de migraciones en masa,
donde convergen, para fondear su barco,
los mitos más diversos de la humanidad,
porque la magia tuvo y tendrá intacto su poder
en las civilizaciones.

La caprichosa perspectiva de los hombres
continuará como un fragmento perdido
de aquellos pobladores atlantes y lemures.
En la Isla Sagrada, los caminos trazados
conducen directamente a los abismos,
como ríos de lava petrificada
que pasan sin detenerse por silenciosos muelles.

La enigmática cúspide en forma de burbuja
semeja un centinela cautivo en la eternidad,
fantasma permanente de los linderos cósmicos.
Para muchos talvez sea un gastado jeroglífico
sobre ruinosas pirámides
o el jalón de una suntuosa deformación megalítica.

De pronto aquellos seres de la Edad de Piedra
fueron a la par
una comunidad minúscula y grandiosa,
varias veces milenaria.
¿Quién negará tal teoría onírica y fantástica?
¿Quién la violenta ruptura catastrófica?

En la inmensidad los ecos responden al intruso:
La marcha fue iniciada por razón del cataclismo,
pero la superficie renació de nuevo,
después de agonizar bajo las aguas,
y los exploradores volvieron en busca de la tierra,
llevando consigo plantas y animales exóticos
que tristemente no lograron perpetuarse.

El capitán, entonces, con sus años y su gente,
se instaló junto a la costa.
Luego arribaron otros navegantes
cargados con su fardo de marchas milenarias,
procedentes del Sur y del Levante.
Siguieron otros y otros con su coraje a flote,
poblando de preguntas el suelo descubierto.

La vasta soledad de rocas marginales
surgió como un testigo sin casta y sin herencia.
La falta de grandes troncos para las embarcaciones,
convirtió a los marineros en reos de la playa.
Y así pasaron años y siglos y milenios,
en medio de un silencio nutrido por escombros.

En la Isla Sagrada hoy se veneran
las maderas parlantes y peces migratorios;
alguien guarda un prontuario de su lenguaje escrito.
Aquellos navegantes, creadores y optimistas,
hicieron de la isla el teatro de sus sueños.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"


EL SOBERANO DE LOS MARES

El 26 de junio de 1634,
Carlos I de Inglaterra y de Escocia,
hijo de Jacobo y marido de Enriqueta,
visitó los astilleros de Woolwich
para inspeccionar personalmente
la construcción de Leopard.
Estando en bodega,
sacó aparte al constructor jefe y le dijo:
Quiero el navío más bello y poderoso del mundo.

Phineas Pett,
descendiente de una antigua familia
de constructores navales,
con excelente preparación técnica
y uno de los más famosos de la historia,
que había construido también el Prince Royal,
se inclinó respetuoso ante su Majestad
en señal de aprobación,
y se dedicó por completo a complacer al Soberano,
pese a las protestas que no tardaron en llegarle
criticando agriamente la decisión Real.

El Soberano de los Mares,
como fue llamado el antiguo Leopard,
entró a servicio en 1637,
y aseguran los estudiosos
que se adelantó muchos años a su tiempo.
Ostentaba una variada velamenta,
abundante y bien dispuesta obencadura
con escotas, estayes y amantillos,
además de otros detalles importantes
que hacían de su jarcia
la más noble y refinada de Europa.

Contrario a los comunes veleros de la época,
El Soberano de los Mares
lucía un redondo trasero ricamente decorado.
Cien cañones defendían el cuerpo
de este orgulloso a quien los holandeses
respetaban y elogiaron
con el satánico mote de El Diablo de Oro.

En el extremo del regio mascarón proel
cabalgaba imponente, sobre 7 reyes enemigos,
el legendario Edgardo el Pacífico.

Los lebreles de Enrique VII,
dragones, unicornios y leones ocupaban,
con las rosas de Inglaterra y el cardo de Escocia,
la flor de lis francesa y el arpa de Irlanda,
todas las bordas del beque.

La roda remataba en un Cupido
montando un bravo león,
mientras dos pequeños ratones reían en las serviolas.

Seis bellas divinidades dominaban el castillo
y tres frisos adornaban las amuradas
con blasones y volutas,
instrumentos musicales, celadas y corazas
junto a toda clase de armas.

En las bandas del castillo y del alcázar
alternaban, con los signos del zodíaco,
conocidos emperadores romanos.

En la alta popa dominaba la Victoria,
junto a Jasón, Júpiter, Hércules y Neptuno,
en tanto en las bandas del timón
se observaba la siguiente memorable leyenda:
Qui mare, qui fluctus ventos, navesque gobernat,
sospitet hanc arcem, Carole magne, tuam.*

El Soberano de los Mares
vivió más tiempo que su Rey,
aunque no pudo escapar a drásticas transformaciones,
incluyendo otra vez la de su nombre.

El Royal Sobereign salió airoso de todos los combates,
pero tuvo un incandescente final,
cuando los efectos de una bujía traidora
le consumieron el vientre hasta dejarlo en cenizas.
___________________________________________________
* Que Aquel a quien obedecen el mar, las mareas,
los vientos y los navíos, guarde éste,
oh gran Carlos, tu navío, con sustancia divina.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"


ENVIDIA SANTA

No envidio a Pedro González Telmo
por haber sido deán en la catedral de Palencia.
¿Por qué tendría que envidiarlo?

Dice la leyenda que fue mundano,
desenvuelto y vanidoso
hasta que su caballo lo tendió en el barrizal
por picarle las espuelas
cuando quiso impresionar al respetable
en la ceremonia de su nombramiento.

Tampoco voy a envidiarlo porque fue
director espiritual de los ejércitos cristianos
que marchaban sobre Córdoba.
Menos aún
por ser depositario de los pecados reales
cuando era confesor privado de Fernando el Santo.

Ni lo envidio por haber vivido
en el majestuoso y criticado Medioevo,
o haber sido apóstol y predicador ferviente
en la gesta oscurantista de su época.

Comienzo a envidiarlo sí, cuando sus pies
llegaron a Cantabria y a Galicia,
volviéndose inspirador y consejero
de los gremios y cofradías marineras
que empezaban a pulular sobre las costas
de todo el norte de España.

Quisiera como él, vivir hasta después de muerto
en el recuerdo de los hombres que luchan con el mar.
Que resuene mi nombre entre las olas
y en las conversaciones que surgen en los puertos.
Que todos los barcos, grandes y no grandes,
me adopten como patrón entrañable,
para que así, la santa envidia que me ahoga
muera en noches de tormenta
cuando escuche a los marinos gritar,
mientras miran los penachos luminosos:
¡Fuego de Verano! ¡Fuego de Verano!

jueves, 20 de septiembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



BARCOS NEGREROS

Hace más de 400 años
los barcos negreros empezaban a zarpar
de los puertos de África hacia América del Sur,
con los que más tarde serían
medio millón de seres, aproximadamente.

Tuve la oportunidad de conocer,
en uno de mis frecuentes viajes,
el fuerte de San Jorge Elmina,
construido por los portugueses
sobre las costas de Ghana.

Y asegurar
que en el húmedo ambiente de las celdas
donde los prisioneros esperaban
antes de ser embarcados en pataches,
podía respirarse sin esfuerzo
todo el infierno de Dante.

Hombres, mujeres y niños
empacados de seis en seis,
tras una escala en las Canarias,
continuaban el viaje entre cadenas,
grillos y argollas a su terrible destino.

En lo profundo de las carabelas,
su angustia no alcanzaba a estremecer la Luna.
¡Hasta el Sol los tenía abandonados!

Una cazuela de harina con un poco de agua
cada 24 horas, era todo su alimento.

Cuando algunas heridas, causadas por azotes,
comenzaban a ulcerarse,
recibían como tópico sólo sulfato de cobre.
Ese vaho de muerte
se mezclaba con plegarias junto a la tripulación.

Sabíamos que la esclavitud había sido infernal,
¡pero nunca imaginamos que lo hubiera sido tanto!,
dijo Granman Gazon,
jefe de los cimarrones o palenqueros diukas.

martes, 18 de septiembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



VIDA Y MUERTE DE EL MARQUÉS
(No aparecen imágenes de El Marqués,
porque no fueron halladas)

Cuando nací (marzo 2 de 1938),
El Marqués devoraba horizontes, mar abierto.
Su casco había sido restaurado por unos ingleses
entusiastas de la navegación a vela,
que intentaban cruzar sin contratiempos
las turbulentas aguas de la Tierra del Fuego.

En mi adolescencia
tuve la suerte de ser uno entre su marinería;
realizábamos periplos por aguas del Caribe,
con millares de turistas en cada primavera.

A mediados de 1971 fuimos sorprendidos
con todas las lonas desplegadas
por vientos huracanados de 130 k.p.h.,
saliendo indemnes de la prueba.

Participamos en regatas de 800 millas,
entre San Juan y Bermudas,
reviviendo viejas glorias
con 39 veleros de 20 nacionalidades.

Éramos siete hombres y una cocinera,
de largas melenas tostadas por el Sol,
a la usanza de antiguos bucaneros.

Esa noche
las banderolas jugaban con la brisa
y hasta el último trapo estaba izado,
mientras íbamos seguros hacia el Norte.

A las doce subí al puesto de mando;
un fuerte chubasco me azotó
y a las lluvias siguieron las galernas.
Una ráfaga con fuerza desmedida
tendió los palos sobre las olas.

Torrentes de agua irrumpieron contra el puente,
penetrando por las escotillas;
el timón no alcanzó a morder
antes de suspenderse en el aire,
y el barco escoró como caído del cielo.

¡Quiten las velas! gritó uno.
¡Todos a cubierta! ordené yo.
En unos cuantos minutos,
El Marqués moría bajo la faz del océano.

Sobre un bote salvavidas
defendimos nuestra última esperanza,
confiando en que las luces de bengala,
o el S.O.S. lanzado momentos antes,
hubiesen sido captados por algún otro navío.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Del libro "Las islas del pescador"


VÍA LÁCTEA

Cuando Zeus y Hera
pasaron su luna de miel en Samos
no estaban preparados para mi nacimiento.
Mucho más tarde, Mario y Gabriela
pasaron la suya en El Bosque,
hacienda a orillas de El Barroso,
municipio de Salgar.
Allí engendraron a Verano,
poeta que recoge en su redoma
la leche de la diosa,
disparada al cielo, según los griegos,
tras el abrazo del ardiente esposo
en la noche nupcial.
Explicaban aquella luz difusa
prendida en el espacio
como el chorro del divino seno,
bautizándola alegres desde entonces
con el cálido nombre de Vía Láctea.

Del libro "Las islas del pescador"


UGARIT

Cuando esta precursora de las ciudades fenicias
fue arrasada por el fuego de la corteza terrestre,
las llamas derritieron la piedra
y los escribas huyeron de los hornos
sin sus tablas de arcilla.

Guerra, sorpresivo terremoto;
¿quién lo dice?
Lo cierto es que millares de ugaritas
partieron al exilio y no volvieron más.

Hoy, desprevenidas lagartijas
se arrastran inocentes por las ruinas
de un pueblo que tuvo su esplendor
en las Edades del Bronce.
Cultura que dejó sobre tablillas
a través de los escribas
las más elocuentes sugerencias,
como ésta dedicada a los maridos jóvenes:
No le digas a tu esposa dónde ocultas tu dinero.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Del libro "Las islas del pescador"


SECRETOS DEL BOSQUE

Cada bosque tiene sus secretos:
El de mi niñez
jugaba con la flora de su maraña interior.
Festoneaban, entre lianas y epifitas,
las más hermosas orquídeas.
Convivían con el mango y la caoba
innúmeras palmeras.
Con el árbol del pan y con la teca,
el naranjo, el samán
y un solitario pino de Honduras.

Después conocí el mar.
Vi el verdor escondido entre sus olas
como una fronda líquida.
Vi los frutos maduros en sus peces,
y en su extensión,
una alfombra de líquenes y flores
cubriendo los secretos que tenía
la magia invulnerable de aquel bosque.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Del libro "Las islas del pescador"


REGRESA, VIEJO DEMÓCRITO

Tu inteligencia,
penetrante como fino y largo alfiler,
quitó del pensamiento de los hombres
el peso aplastante de la Divinidad.
Sostuviste con lucidez maravillosa
la exclusividad de átomos y vacío,
sin lugar para dioses inmortales
en esa infinitud de espacio y tiempo.

Pero muchos humanos no entendieron.

Aún se ven humaredas en los templos
adorando los restos de unos dioses
temibles y cambiantes.
El tronco podrido de las supersticiones
se resiste a morir
y echa frecuentemente algunas hojas
que envenenan con sus gases el cielo
más oxigenado de la investigación.