jueves, 8 de noviembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



BALEARES - 1938

Un fanal de fuego amarillento y rojo,
un fantástico brasero que se hundía
enloquecido entre las negras aguas,
una sorda explosión, intensa y grave,
un rugido monstruoso que brotaba
del moribundo en medio de la noche,
era algo triste, aterrador y bello
que nadie nunca lo podrá olvidar.

El puente fue lanzado con violencia
dejando atrás blandos hierros deformados
que crujían retorciéndose con furia
entre las torres de la cañonería.
Comandante y oficiales de derrota,
serviolas, señaleros, timoneles,
hallaron instantánea una muerte calcinante.

El grueso palo de proa y chimeneas
cayeron a cubierta como gigantes heridos,
hasta que fueron tragados por la bulimia del mar.

martes, 6 de noviembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



LUSITANIA - 1915

No fue el U-20 el destructor sino la guerra
la causante del final del Lusitania.
Nada importa una marca submarina
cuando el hombre sin paz es una fiera
que detesta embrutecido a sus congéneres.

El torpedo que hizo blanco en estribor
era ciego y sin alma,
igual que el propio comandante Schwieger
quien no se inmutó por los cadáveres
que flotaban como troncos sobre el agua.

Sin embargo, la ley de la Escritura
lo cubrió paso a paso y en silencio,
siendo así cómo la insignia de cruz negra,
enarbolada esplendorosa por él mismo
en un bello y poderoso submarino,
se perdió para siempre en el misterio.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



SCAPA FLOW - 1939

Sabemos, dijo el comandante,
sobre la concentración que existe en Scapa Flow.
Los ingleses no son tontos,
pero el U-47 cumplirá su misión con toda calma.
Agregaremos más señales a las diez
que ya luce vanidoso el periscopio.
Tendremos a montón dificultades
y riesgos que pueden ser costosos,
pero nada debemos objetar
cuando llegan medallas para el pecho,
brillando entre las manos de mi Führer.

Como espías las auroras boreales
vigilaban las maniobras submarinas.
Andanadas de torpedos, sin embargo,
apuntaron a los flancos escogidos.

El agua estaba quieta y el fuerte adormecido.
Entonces en la mira surgieron claramente
las dos siluetas duras de un par de acorazados
con sus grandes pañoles repletos de explosivos.

Se oyeron como cantos rugidos espantosos
y entre una tromba de agua, de llamas y de humo,
marcharon los despojos, de bruces al abismo,
bajo las turbias olas del viejo fondeadero,
mientras que Gunther Prien reía complacido,
sorteando los obstáculos con suma habilidad,
hacia su patria grande, con gesto triunfador.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



TITANIC - 1912

La música sonaba con su perfil alegre
llevando un toque de tragedia en cada nota.
¡Ha llegado el momento, sálvese quien pueda!,
fue la voz del capitán cuando embarcó
los ya seleccionados en botes salvavidas.

Aquel insumergible de los mares,
alabado por reyes y por todos,
escoraba de proa como un viejo
cuando se agacha a recoger su pan.

Las olas alcanzaron la cubierta
en aquella pavorosa vorágine nocturna,
y fundidos en un enjambre humano
trepaban como simios hacia popa,
los pequeños, los humildes y los grandes.

Entre grúas y jarcias y escotillas
el monstruo los halló para sus fauces
de fiera acorralada por las costas.

Después, hasta el último rumor
del orgullo más grande de Inglaterra
cesó con los segundos angustiosos,
para luego sumergirse velozmente
bajo la negra superficie del océano.

Muy triste y vergonzoso para el mundo
fue que tantos pasajeros de tercera
no pudieran salvarse como aquellos
potentados de leontina
que alcanzaron felices el Carpathia.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



ADIÓS, CAPITÁN MADERO

A mil kilómetros del mar y rodeado
por un laberinto de caprichosas montañas,
murió el capitán Madero, sabio pero testarudo,
navegante sin tacha y valiente como pocos.

Parece que la escapatoria fue imposible
porque las legiones enemigas,
que conocían mejor los intrincados pasadizos,
decidieron por sorpresa iniciar la represalia,
respaldadas por la inclemencia del tiempo
y la traición de algunos que cultivaban la envidia
contra el más grande y generoso aventurero.

En medio del hambre, las plagas y las fieras,
el capitán Madero se batió como un león
arengando, mientras blandía su espada,
a la exigua tripulación, que aún fiel
lo seguía con un fervor callado.

En la playa, lejos de los acontecimientos,
los barcos esperaban, tostados por el sol,
el regreso triunfal y seguro de su comandante.

Pero los astros sabían que el capitán Madero
no volvería jamás hasta el alcázar,
porque inerte junto al río que lo acompañaba,
yacía como tronco mancornado entre las rocas.

Qué desgracia para el bravo lobo de mar
que conoció tantos tifones
y más lunas que amores
en lejanos países orientales,
morir traspasado por flechas asesinas
en un sitio alejado de la corriente histórica,
en vez de hacerlo entre tormentas oceánicas,
amortajado por las olas incesantes
que no dan tregua jamás.

El capitán Madero,
una vez visto como rey en su litera de oro,
duerme ahora deshecho bajo la hojarasca
de una selva inhóspita y extraña;
no volverá ni en sueños a su patria ultramarina.

Sus barcos, reclinados en la arena
como delfines enfermos, solitarios se hallan
en la inmensidad de la vida y de la muerte.
Nada ni nadie atestiguará sus pasos
por esta tierra fértil de América.

Naves y hombres, llegados de muy lejos
sobre el dorso del agua y de la oscuridad,
conformaron la flota del desdichado Madero.

Qué apagadas están hoy las órdenes
lanzadas sobre cubierta por su voz de trueno.
Qué vagos sus ecos, prolongados y tozudos
como las estrellas que alumbraron sus andanzas.

Su cuaderno de bitácora, maltrecho
viene y se va sobre las crestas dolidas
de unas aguas maltratadas por los rayos y los vientos.
El puñado de caballeros que lo acompañaba
(verdaderos caballeros de fortuna),
sucumbió también, como era obvio,
entre las lianas traicioneras de la manigua.

¿Qué dios cruel los incitó a penetrar
hasta el corazón de las montañas insidiosas?
Si hubiesen continuado en el mar
como hasta entonces, ni dormido ni despierto
sería incontenible mi llanto solidario.

¿Qué pasó con su destreza, capitán Madero,
que no intuyó siquiera la inminencia de su muerte,
y la no menos triste de su tripulación?...
Hoy el mar sería distinto:
más hermoso y menos insensible.

¿Cómo no vio más dulce el rumor de las aguas
con su magia de cantos y sirenas,
que el ladino y silencioso reptar de la serpiente?...
¿Cómo no escogió mirar la estrella polar
rodeada por su séquito en el imperio cósmico,
a sufrir las asechanzas del tigre y los arácnidos?...
Nada qué hacer, mi capitán Madero,
todo está consumado.
Ése fue el más grave de todos sus errores.

Mejor será que duerma
como un cóndor en la soledad de su picacho,
mientras sigo soñando y navegando
por esos mares que usted dejara un día
sin pensar en sus hombres ni en sus barcos.

Del libro "León hambriento el mar"



ATLÁNTIDA

¿Ficción o realidad filosófica?...
¿Recuerdo de un terrible cataclismo primigenio?...
¿Castigo de algún dios inexorable?...

¿Cómo pudo después de tantos siglos
pervivir en el fondo de los mares,
en el seno inescrutable de las selvas
y soles heridos del desierto?...
¡Por la mítica lumbre de los sueños!

Desplegué mis velas incontables
enrumbando hacia la isla presentida;
cumplí el largo periplo del regreso
y aquí estoy con mis pruebas:
laberínticas visiones bogando entre las sombras,
sorteando asechanzas milenarias.
El hilo de Ariadna que no acaba
y me lleva hasta el borde de la roca
en la Cíclada de vórtices dolientes.

¿Hasta cuándo el ancestro de las Pléyades
seguirá como un paria bajo el mundo?
¿En dónde están sus jardines y llanuras,
su hermosura opulenta
de frutos refrescantes y magníficos?
¿Sus destellos de fuego?...
Sus recintos de murallas defensivas,
sus numerosas naves, ¿en dónde están?...
Sus Pegasos inmensos, sus delfines y Nereidas;
Poseidón y sus monarcas regios,
¿en dónde fracasaron?...

Adiós isla perdida,
improbable continente sumergido:
ya no tendrás mi canto ni mi confianza ingenua,
porque mi voz es una estrella
fulgurante y segura
convertida en velero que viaja hacia el futuro.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



CASANDRA, HOY

Ese paisaje movedizo
castigado por los vientos,
las lluvias, el sol y los seísmos,
que surge y sobrecoge en la cresta de sus olas.
Ese mito indestructible de larga ancianidad
e inestable arquitectura,
no tendrá tesoros ni leyendas sumergidas.

Las fauces de su líquida anatomía
que se tragaron barcos, hombres y ciudades,
cesarán pronto la orgía de centurias y milenios.

Pero no es suya la culpa:
Las constantes depredaciones humanas,
practicadas sin control durante siglos,
le inclinaron su bulimia por las cosas de la tierra
hasta el límite mortal de una gula solitaria.

Sus costas y altamares, expuestas al pillaje
por la caterva intonsa de vesánicos piratas,
serán mañana escombros de ruinas gigantescas;
no habrá siquiera sitio para escribir un verso.

Las galeras trirremes, los rápidos veleros,
los buques nucleares y rompehielos atómicos
vagarán por rutas áridas, agónicas y espesas,
en busca de islas muertas, tristes y abandonadas.

Y todos los marinos
amantes de un paisaje que fue azul,
nos hallaremos solos hundiendo nuestras manos
en la colada inmunda de un mar que ya no es mar.

Del libro "León hambriento el mar"



TSUNAMI

Emisiones de lava, lluvias de fuego,
de piedra y de ceniza después de la explosión.
Estruendo que conmueve los mares
hasta su más remota orilla.

Islas pulverizadas, dispersas por los aires
como libélulas en la noche diurna,
magma que calienta las aguas
en su pebetero precámbrico.

Caldera de abruptas paredes
donde se precipita el océano
hasta el fondo del abismo,
como león herido. Colapso final,
con sus inmensas olas y mareas
inundando las costas indefensas.

Ondas de choque rodeando la tierra
entre nubes de ceniza.
Opacidad del sol que no penetra
por entre los techos de escombros.

Huesos y dientes carbonizados
sobre ruinas submarinas.
Embarcaciones sin rumbo
derivando como antorchas infernales.
Todo en el sueño es un tremendo tsunami.

Al despertar sólo veo, dentro del corazón,
sombras furtivas y encorvadas bajo la luz
de mis pocas y pequeñas fumarolas.

martes, 30 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



CATACLISMO

En el confín marino, donde se pone el Sol,
donde las frescas manzanas son de oro
y los vivos se reúnen con los muertos,
sueño, en mi geografía imaginaria,
con el remoto país de los enamorados.

Este cerebro de neuronas escasas
vislumbra entre millares la isla predilecta,
la más fértil, la dichosa,
la que surge del mar como una espiga.

Mientras dos golondrinas incesantes
remodelan las estrías del poniente,
las palmeras se mecen como nidos
bajo brisas encontradas.

Los pescadores regresan con sus pangas
repletas de pescado;
las mujeres terminan sus petates
y los niños en la playa destrozan caracoles.
El corazón caliginoso de la aldea
se alegra de conversaciones y de tratos.

Desde los talleres
sube el canto de los alfareros.
En los huertos y en las casas
todos sueñan con el mar,
con los enormes buques y los lejanos puertos.

Pero algo inquietante desordena mis mares interiores;
el estruendo es sordo y mis entrañas tiemblan.
El aire penetra como un arpón de acero.
Las casas y las calles se van quedando solas;
los isleños huyen.
El agua brama sobre los seísmos
en su estertor fatal.

Hay convulsión de nubes, de olas y de polvo;
los muros caen; se desploman techos;
se rompen puertas y ventanas;
se desfondan pisos;
se descuajan árboles;
los peñascos ruedan, suben,
bajan buscando nuevo lecho;
el mar hambriento se ha tragado el mundo.

Hombres y mujeres con sus hijos
escapan aterrados del duro cataclismo.
Y yo vuelvo al principio:
Así, con mi esperanza, soñando que amanece.

lunes, 29 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



LA RUTA DEL TIEMPO

Las costas del Gran Océano y el interior del país
están comunicados por la ruta
que serpentea indolente sobre las montañas,
entre el paisaje onírico, centelleante y vegetal.

Jalonada por meandros
de grandes y pequeños ríos
sigue su dirección hacia las costas contrarias
al otro lado del mundo.

Conoce las atersadas planicies,
oasis y espejismos que afirman
la flagrante diversidad de los sueños.

Pasó junto a ciudades desfiguradas
por la incursión de bárbaras generaciones
o perforadas por viejos arqueólogos
prostáticos y obsesos.
Tropezó con murallas antiquísimas
donde un día sonaron las trompetas invasoras.

Fue guía de guerreros
que horadaron con sus flechas
las tórridas llanuras,
brújula de conquistadores alevosos,
de humildes mujeres, cortesanas y princesas,
esperanza de reyes cuyos cetros
avergonzaron al Sol.

Las costas del Gran Océano y el interior del país
seguirán como hasta hoy
comunicados por la ruta que serpentea indolente
sobre las montañas, entre el paisaje onírico,
centelleante y vegetal,
jalonada por meandros de numerosos ríos
hacia las costas contrarias
que saborean los siglos al otro lado del mundo.

domingo, 28 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL HOMBRE PÁJARO

Soy el hombre pájaro,
aunque no logré el peñasco solitario
desde la isla encantada.

Desafié los tiburones mientras iba
luchando contra las corrientes.
Aceché las hurañas aves marinas
y alcancé para mí su primer huevo.

Fui uno de los antiguos moai
que despertaron sobre la roca basáltica;
estuve con ella perdido en el océano.

Llegué con los polinesios desde el sudeste asiático
al mando de una de sus piraguas dobles.
En aquella isla realizamos una escala
taladrando y puliendo nuestros dioses.

Luego seguimos a Perú,
donde nos establecimos,
y al resto de América del Sur.
Como ven, soy el hombre pájaro
que ha sobrevivido a todos los cataclismos.

Ahora vivo en Orongo, mi poblado,
y cada año, en pleno invierno,
hago la travesía
desde la isla encantada hasta el peñasco solitario.

Del libro "León hambriento el mar"



LOS SUEÑOS DEL MARINERO

Sueño con su talle perfecto y su fruto delicioso
mientras viajo embebido por remotos mares.
La noche constelada,
con sus ojos sobre el espejo del agua,
abre sus fauces tibias como una orca inmensa.

Aquí sobre las olas, marino desterrado,
con mis velas al pairo, sin ancla y sin timón,
deliro aprisionando sus labios infinitos.

Lúbrico y feroz,
mi cuerpo enrojecido por la fiebre
es un fuego inextinguible sobre el dorso
de sus islas atezadas.

Mi nave fantasma, mi deriva incierta
son una sombra apenas
de intrincado enjambre y de pasión ilímite.

Ella en la noche, lejana y desprendida
como un gorjeo simple, sonoro y juvenil.
Mi carne licenciosa pensando en sus parajes
recónditos y cálidos, con suavidad de seda,
es un mástil de cofas extraviadas
en medio del océano abisal y nocturno.

Locuras insalvables de un viejo marinero
que sabe su llegada, más tarde o más temprano,
hasta la rada oscura de flores al socaire.

jueves, 25 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL REGRESO

¿En qué olvidada región de mi cerebro
surge como un sueño el recuerdo de mis viajes?
Encontrar de nuevo el puerto abandonado
donde viven aún, hambrientos y sin techo,
los viejos marinos que me acompañaron
en las ya lejanas travesías de mi juventud,
es un caso de típica nostalgia
a la que estamos debidamente acostumbrados
quienes realizamos pecho a pecho las hazañas
en lugar de imaginarlas.

En barcos muy singulares nos entrábamos
por los insólitos archipiélagos del mundo
en busca de leyendas y otras piezas deseadas,
simulando sabuesos de ultratumba,
entre rocas, huracanes y tornados.

Muchos compañeros,
en persecución de naves enemigas o rebeldes,
se batieron como fieras antes de morir partidos
por las brillantes mandíbulas del rayo
y las no menos afiladas de los tiburones.

Los que lograron sobrevivir conmigo
aprovecharon la mar precisa de los equinoccios
para cabalgar sobre troncos y delfines
como lo harían en tierra sobre las mujeres,
que sin muchas ilusiones, pensativas,
esperaban en el muelle su tácito regreso.

Detrás de las líquidas montañas,
en tardes ondulantes,
el Sol se agachaba en el poniente
como viejo lobo de fauces incendiadas,
hasta que aparecía sonriendo como un efebo
en un horizonte contrario del que había dejado.

Así, por días y por noches, por meses y por años,
hice correr mi vida sobre el rumor del agua.
Pirata por vocación y por encanto fui, y soy;
también humilde pescador, sensible como un niño,
embrujado por sirenas y caballitos de mar.

Esta bravura epidérmica que ahora exhibo,
con la que no pudieron las olas,
los vientos ni la crueldad de los dioses,
se deshace irremisible frente a una lágrima tuya,
siempre que sea sincera,
tranquila o agitada como el inmenso mar.

Del libro "León hambriento el mar"




SOÑANDO CON LOS MONSTRUOS

Describiendo largas curvas sobre las costas
o perfilándose en la bruma junto a los altozanos,
talvez más lejos,
alrededor de las llanuras y cerca de los bosques
se observan cada día sus siluetas burdas,
sus miembros retorcidos y deformes.

Esos menhires trashumantes,
depositarios de sus propios misterios,
inquietos, retraídos al paso de los siglos
y a la vista de los hombres,
que apuntan recelosos como peñascos heridos
sus rostros fantasmales
cultivando en la historia sus dudosos mitos,
no me dejan dormir en paz. Llegan a mi cerebro
desde las profundidades del tiempo,
mientras la humanidad se pregunta por su origen.
¡Nadie puede saberlo!

Sin embargo, ahí están,
disponiendo sus tormentos delirantes.
Son los monstruos,
los gigantes que habitaron la Tierra
mucho antes del diluvio.

Estando en vela
jamás me prestaría para tomarlos en cuenta,
pero ellos permanecen contra mi voluntad
en el poco esclarecido territorio de los sueños.

Ningún estudioso con su hipótesis
ha logrado descifrar su procedencia.
Las especulaciones de Oriente y Occidente,
desde el mundo moderno hasta la Antigüedad,
son apenas precursoras de futuras religiones;
impediré que sean lastre para mi afán marinero.

Y aunque el misterio permanezca intacto
y acabe siempre en el mismo interrogante,
nunca cejaré en mi rechazo.
Que deambulen sin tregua en las edades,
pero lejos de mi mar y de mis costas,
porque las grandes pesadillas que padezco
no son fruto de ningún viaje marino
sino de mi seca soledad terrestre.

Del libro "León hambriento el mar"



MEDIANA Y LARGA ISLA
SOLITARIA Y ROCOSA

Como brillante cuchillo tendido en la lejanía,
desde el aire se divisa
la mediana y larga isla, solitaria y rocosa.
Ocultistas de toda procedencia
han querido descubrir en ella una olvidada historia.
Los lisos peñascos, sus piedras derribadas
donde no germina la menor espiga,
quizás nunca revelen su verdadero origen.

El mar se extiende alrededor hasta perderse de vista,
como un inmenso manto, sencillo y despejado,
mostrando el derrelicto que abandonaron sus aguas.
La quieta danza, bajo el dombo milenario,
sugiere un persistente y fatigado gigante.
No por fuerza de los acantilados
sino por la magia de su pelado dorso,
saltan como peces las preguntas infinitas.

Esa mediana y larga isla, solitaria y rocosa,
constituye la excepción sobre los mares.
Sus piedras lustrosas, no talladas por el hombre,
proyectan hacia arriba su estilo arquitectónico.
Sus armoniosos ángulos conservan atributos
de tiempos muy remotos.

En épocas lejanas, sin embargo,
no hubo templos de magia ni ceremonias rituales,
computadoras prehistóricas,
observatorios para estudiar el Sol,
la Luna y las estrellas;
sólo fue una vasta comarca megalítica.

Es hora de anunciar que la elevada meseta,
siendo tan antigua como la Edad de Bronce,
no tuvo tierras gredosas, ni bosques, ni humedad;
no conoció perfumes, salvo el yodo de los mares.

Esa mediana y larga isla, solitaria y rocosa,
no fue de sepulturas ni túmulos ardientes,
no conservó puñales con aderezos de hueso,
de cobre, de estaño o de cerámica.
No protegió esqueletos de robustos guerreros
enterrados con hachas o dagas de metal.
No dejó el recuerdo de algún Ulises pródigo
en medio del océano, porque esa larga isla,
mediana, solitaria y rocosa,
no existe en ningún sitio del enredado mundo.
Sólo encuentra cabida, figura y comprensión
bajo el febril entorno que parte de mis sueños.

martes, 23 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL SOBERANO DE MIS SUEÑOS

Yo, Verano Brisas, poeta por vocación,
nacido en Salgar (Antioquia),
sin astilleros donde inspeccionar
la construcción de mis buques,
sin equipos técnicos ni amigos especializados
descendientes de antiguas familias de armadores,
sin quien se incline respetuoso en mi presencia
en señal de acatamiento,
he decidido ahora, por mi cuenta y riesgo,
construir el bello y poderoso
Soberano de mis Sueños.

Pero antes
navegaré desnudo sobre un haz de juncos,
utilizando como remos las manos y los pies,
en los lagos y ríos de la Tierra.
Ensayaré pellejos de cerdo y buey
cosidos y calafateados, inflándolos
como flotadores para atravesar las corrientes.
Impulsaré luego mi armadía con pértiga y canalete
hasta que pueda perfeccionar una balsa de papiro
o un consistente y rústico catamarán.
Mejor todavía, una balsa de bambú liviana y larga.

Si trabajo con ahínco
talvez construya piraguas monoxilas
propias para más grandes y lejanas aventuras.
Mi mujer, mis hijos y mis nietos
me ayudarán a mover embarcaciones mayores.

Decoraré mi bote con figuras de animales
y pondré un timón en forma de espadilla
sobre el costado derecho y hacia popa,
para seguir el rumbo deseado
y no el que marque el capricho de las aguas.

Sobre la proa ensartaré una cabeza de toro
con el fin de cornear a los espíritus malignos
que nunca han de faltar en toda travesía.
En las costas fenicias
buscaré cedros de primera calidad
para hacerme un navío más potente,
con cuadernas, baos y cubierta.

Le añadiré un sólido bauprés y un espolón,
quilla y remos en filas superpuestas.
Así podré atacar a quien me ataque,
y a quien no lo haga, atacaré
con la seguridad de una victoria rotunda.

Pondré, además del espolón, un tajamar,
una tercera fila de remos y una lona
como hace poco vi en otras galeras
que audazmente se engolfaron en mi océano.

Ahora mi carraca
tiene balconada saliente sobre popa
y paso a paso la convierto en galeón,
con tienda para el capitán,
caseta para otros miembros importantes,
galería de proa, escotillas y serviolas,
mayor con brioles y apagavelas,
gavias, amantillos y lona de artimón.

Es hora de reforzar, para ceñir el viento,
con una o varias velas latinas y más palos.
Que no haya mar o puerto donde no pueda llegar.

Quiero también bulárcamas
que ayuden a las amuradas,
vergas, cofas, alcázar y cañones,
muchos metros de eslora y una manga más ancha,
con una superficie vélica que incluya trinquetes,
bonetas, mesana, cebadera y otros trapos
que al cabo de los siglos tendré que adicionar.

Diseñaré un velamen más amplio y más hermoso
que el ordenado por Carlos I de Inglaterra y de Escocia.
No habrá quién me dispute el dominio del océano...

Despierto ya del sueño vano y fútil,
no quiero ni acordarme de un Káiser Barbarossa.
No deseo el Yamato, ni el Vanguard, ni el Long Beach,
y menos, aunque hermoso, el fuerte Richelieu.
Que vuelen en pedazos gigantescos portaviones,
submarinos nucleares, torpederos, destructores,
rompehielos, balleneros,
pues ninguno de estos cascos perdidos en los mares
remedian el asunto,
porque son cuerpos sin sangre portadores de muerte.

Sólo un pequeño tronco con una vela inmensa
es lo que necesito.
Y que diga en el casco único de madera:
Aquello que rige los vientos,
las mareas, los astros y el vacío,
impulse, oh Verano, tu piragua
por el espacio cósmico.