viernes, 19 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



LO QUE EN SUEÑOS YO LE DIJE AL INCA

Recuerda que partí para remotas tierras,
no por mi voluntad sino por tu soberbia.
Hoy, de regreso, arriesgando mi vida
y la posibilidad de conseguir tus favores,
traigo aciagas noticias para ti
y todos los habitantes de tu vasto imperio.

Como sabes, me convertí en navegante
en una de las naves más veloces
que alcanzó a concebir la inteligencia
al otro lado de estas aguas.
Por eso me adelanté desde hace muchas millas
entre tormentas y algunas noches de luna.

Las corrientes del anchuroso mar
me ayudaron en momentos de peligro,
pues siempre tuve a mis espaldas flotas
que ambicionaban mis tesoros
y el deseo de que no pudiera comunicarte
lo que ya es una desgracia,
oh, poderoso rey de los amenazados.

El enemigo ha vuelto,
lo he divisado con mis propios ojos
bordeando la costa
sobre sus inusuales casas flotantes,
como bien lo dice la antigua profecía.

Su piel descolorida, casi blanca,
sus barbas espesas y enmarañadas
imitan con holgura
al dios Sol de nuestros campos
cuando la neblina trepa por las cordilleras
en las mañanas de invierno.

Todo presagia, divino soberano,
que nuestro fin se acerca. ¡Sálvanos!
Esos barbudos sin alma
quemarán nuestros maizales,
secuestrarán a los chasquis
y violarán nuestras mujeres.
Sus mortíferas cerbatanas
vienen vomitando fuego
rápido y ruidoso como el rayo y el trueno.
Harán que nuestros hombres huyan
o caigan doblegados por el extraño mal.

¿Qué será de nuestros ríos y ciudades?
¿En qué terminará nuestra pasada grandeza?
¿Quién adorará nuestro Sol
en el corazón de los Andes?

El presente es abrupto y el porvenir turbulento;
el imperio es codiciado por el depredador extranjero
y los dioses no desean su prolongación
en los siglos sanguinarios que se avecinan,
por haber sido cobardes y desobedientes
al contrariar las leyes de nuestros antecesores.

Oh, Soberano:
¿En dónde quedan tus sagrados poderes?
¿Cuál ha sido el destino de tu cetro?
¿Y cuál será el porvenir de nuestros hijos?
Nada saciará la sed de los barbudos,
más crueles que el demonio de la oscuridad.
Ellos te ahorcarán por un pedazo de oro,
a ti, a quien adoramos con esperanza y vergüenza.

Las guerras libradas con los poderes hermanos
nos han debilitado, y los odios,
opuestos ferozmente contra toda unión fraternal,
de nada van a servirnos en estas horas de angustia.
Caerás, oh rey, como grano de maíz
en medio de la tormenta;
el temido huracán arrasará también a tus hijos
y a los hijos de tus hijos,
víctimas todos de la más negra traición,
así luzcas aún resplandeciente y riguroso
en tu litera de metal macizo.

El enemigo vencerá tus ejércitos
con su aparatosa aunque minúscula realeza,
sin que reconquistes lo que se habrá perdido.
Los rayos del dios Sol escaparán de tus manos
como plumón de guacamaya tierna,
y entrarás entonces en la pesada noche
hasta que algún poeta o historiador sonámbulo
decida, por piedad, sacarte del olvido.

jueves, 18 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



SUEÑO AMAZÓNICO

Llegué con mis naves (6 en total)
por el valle ondulatorio del gran océano Atlántico
hasta la desembocadura del imponente Amazonas.

Había con la tripulación notado ya
el color diferente de las aguas, su sabor dulce
y la variedad de la fauna marina tropical
junto a una humedad selvática
que pronto tendríamos que sufrir a plenitud.

Penetramos, todavía con viento en popa,
por las fauces de ese monstruo caudaloso,
aletargado y rojizo,
cuyos brazos robustos estrechaban nuestros barcos
como amantes en plan de despedida.

Pasados unos días, la selva oscura,
primitiva y cautivante palpitaba misteriosa
repleta de pájaros y fieras.
Profundo, sin embargo, el claro sueño
estaba a punto de tornarse en pesadilla,
aunque las aves, la tripulación y el cielo,
la manigua y yo,
formábamos un conjunto armonioso,
duplicado por el vuelo de las guacamayas,
el salto de los micos y el reptar de las serpientes.

Viajábamos río arriba en busca del país imaginado
cuyas ciudades brotarían como flores encantadas
en la mitad de la selva.
Sin agotamiento, con esa lucidez
que sólo pueden dar los forjadores del sueño,
llegamos sin contratiempos al término del viaje.
Cerca de las cenagosas riberas
presentimos las ruinas de una antigua población
surgida, seguramente, hace cuatro o cinco milenios.
Bajo el hierro de mis compañeros
saltó como un destello el asombroso pasado,
clave de una historia que se daba por perdida.
Gratitud para los valientes exploradores
que arribaron conmigo del otro lado del mar.

Nuestra sorpresa fue inmensa cuando al excavar
se reveló la existencia de una cultura urbana,
de una civilización ligada al río,
tan vasta como las de Egipto y Mesopotamia,
aunque algún duende maligno intentó crear
por pura complacencia, un abstruso jeroglífico,
para enredarlo todo deliberadamente
bajo las aguas rituales del enigma.

Al continuar trabajando
en busca de otros acontecimientos
e interpretaciones, exhumamos edificios
con restos de escritura aún no descifrados,
una organización económica y social
más parecida a las modernidades de Nueva York
que a una sociedad supuestamente primitiva.

La aparición de ese quebradero de cabeza
justifica por sí sola la prolongación de mi sueño.
Talvez sea una ironía ver cómo los hombres
que conmigo batallaron, no tengan realidad;
es el precio que reclaman por servir, las ilusiones.

Sin despertar emprendo mi regreso hacia el océano
por la misma selva y por el mismo río.
Los veleros descienden sin premura... y sin piloto,
navegando contra el viento,
en busca del mar hondo y agitado que los llama.

Estrechados otra vez por los nervudos brazos
bordean solitarios los deltas inconclusos.
Ya solos, sin mis héroes,
serán como fantasmas flotando en el vacío
en busca de algún puerto sobre el mar de las Antillas.

Del libro "León hambriento el mar"



LAS PIRÁMIDES

Soñar con las pirámides ocres y rígidas
que yerguen su vetusta anatomía
en medio de las selvas tropicales
o en los áridos desiertos faraónicos,
es cosa non sancta para un marino confeso
cuya vida está ligada a las espumas del mar.

No obstante recortan en la noche
con su cuchillo de roca
las eternas y abstrusas interrogaciones,
ellas, las que cambian por sueños ancestrales
mis mares y querellas interiores,
ocultos bajo montañas dormidas.
Silenciosos testimonios mordidos por la piedra,
desafiantes e inmensos
frente a los estragos del tiempo y de los hombres.

Como telón de fondo el cielo purísimo
quebrado por infinitas estrellas que provocan
oníricas estupefacciones y preguntas graves,
humanas, sobrehumanas, inhumanas,
pero nimbadas siempre de inexplicable leyenda.

Enigmáticos templos mesoamericanos
entre un mar de colinas y tupida vegetación
donde gentes de las tierras calientes
y extranjeros llegados del altiplano
adoraron a sus dioses.

Culturas aprisionadas por la manigua virgen
de sofocante humedad, que plantean aún
sus propuestas audaces sobre el paisaje hostil,
allí, contra las columnatas
donde soldados de Cortés decapitaron el mundo
blandiendo sus espadones sobre innúmeras cabezas,
firmes y esbeltas como campos de maíz.

Pirámide o zigurat, ¿qué importa eso?
Son esplendores perdidos
de la imponente metrópoli de Teotihuacan,
ya medio desplomados
como aquéllos del sacro Egipto y la obscena Babilonia,
donde durmieran tranquilos el buey Apis y Marduc.

Desde sus cimas, igual que pedestales benévolos,
permitieron a los dioses descender hasta sus fieles
para colmarlos, como siempre,
con exiguos dones y desmedidas desgracias;
panteones rebosantes de divinidades que exigían
un culto particular en cada una de las ciudades,
desde la antigua Sumer
hasta el incaico Machu Picchu,
oficiado en secreto por magos y pitonisas
miembros del abominable colegio de las idolatrías.

De corazón me fasciné con sus inmensas moles
como Almamún, califa de Bagdad,
que halló la estatua dorada recubierta de diamantes
más hermosa que los cuentos de Las mil y una noches.

He visto en sueños la masa indestructible
poseída de poderes y atributos sobrenaturales
sirviendo de sepulcro a los herederos del Sol,
pues sus cámaras mortuorias, por siglos y milenios,
han guardado intacto el cuerpo de los reyes
bajo sarcófagos tallados en las lejanas canteras.

¡Qué bellas y resecas momias he soñado!

Casi todas con narigueras o máscaras de oro,
gruesos collares, literas de gala, suntuoso mobiliario,
armas y abundantes provisiones dentro de sus tumbas,
sin faltar, ad hoc, las plañideras
que tornan más doliente el servicio funerario.

He visto eso y mucho más.
Cubiertas por enormes losas,
bellas embarcaciones que lucen casco de teca
sobre la superficie de lagos subterráneos;
en cubierta, los mudos comensales de la realeza
disfrutando con el muerto los últimos manjares.

Qué lejos y cerca estoy del barco solar
con mis sueños difuminados
por el viaje piadoso de una imaginación tardía.
Despierto me defiende del caos
y la locura brillante del poema,
las torres ziguráticas en la llanura imberbe,
la selva tórrida de América,
el inasible mar de China
o el quemante desierto donde duermen
su siesta endemoniada las pirámides.

martes, 16 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



ORIGEN MÍTICO DEL CANGREJO HEIKE

¿Adónde vas a llevarme?
preguntó el niño a la Dama Nii
aquella triste mañana del 24 de abril de 1185.
Ésta, llorando le dirigió una mirada
mientras ataba su largo pelo negro
sobre el vestido blanco.
Luego le juntó las manos,
le ordenó despedirse de todo,
y estrechándolo bien contra su pecho,
le susurró al oído:
Oculto entre las aguas está nuestro palacio.
Y se arrojó con él al fondo del océano.

Dicen los pescadores de aquellas latitudes
que Antoku con su abuela y otros samuráis
vencidos en batalla,
fundaron un imperio debajo de los mares.
Además aseguran que ejércitos fantasmas,
tratando de borrar esa derrota histórica,
lavan continuamente la sangre de los Heike
que viven camuflados en forma de cangrejos.

Del libro "León hambriento el mar"



SUICIDIO DE LOS DOS MARINOS EBRIOS

–Son las olas.
Son las olas invitando para el baile.
–Si las olas fueran hembras,
como aquellas hembras hábiles que seducen en los puertos,
moriría entre sus brazos al vaivén de sus caderas.
–Nada más dulce en el mundo
que aquellos breves atisbos de unos pechos tembladores
como racimos hinchados y maduros, al acecho.
–No hables así ¡por Neptuno! de tan sabrosas delicias.
–Oh, labios de rojo infierno: quisiera tenerlos todos,
que una noche ardiente fuera esta noche en alta mar.
–¡Salud, santa desnudez de todas las bailadoras!
Tahití de suaves velos entre atezadas colinas.
–Locura de tibio ardor nacida en lejanas selvas.
¡Oh, vida desperdiciada, raída, marchita y ciega!
–¡Ay de mí! Ya no podremos ver la costa nuevamente,
si hemos de morir tan pronto
con la garganta hasta el tope de brandy añejo y tormenta.
–Arriba luces y truenos sobre nuestras rotas velas.
Cómo esbeltean las olas contra el lamoso costado,
que hasta la propia amurada siente su próximo fin.
–Desenvainaron su espada los Poseidones del Ártico
para caer como rayos sobre nuestro viejo barco.
–¡Cruje! ¡Cruje, barco anciano! Pero aunque crujas te hundes.
Ya se acabaron los soles que deslumbraban tus jarcias.
–No es necesario, por tanto, hacer tensión en escotas
para enjaular las galernas como si fuesen albatros.
Si hemos de morir mañana, mejor es hacerlo ahora.
–No tienes miedo; eres duro como los hielos del Norte.
Para mí que sea el arpón el que doblegue mi cuerpo
sobre estas aguas saladas.
–Cómo te saltas la tromba, ¡vaya, viejo formidable!
Si hemos de cazar la fiera, que no se nos haga tarde.
–Barco pobre. ¡Pobre barco! Repleto de ron y escoria.
Todo dormirá en el fondo cubierto de oscuras algas
porque dos marinos ebrios decidieron esta noche
arrojar fuera de borda los restos de muchos viajes,
varios puertos y una historia.

domingo, 14 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



MINÚSCULA SAGA
EN EL SUEÑO DE UN MARINO ALUCINADO

Partí con mi tripulación hace milenios
por insondados mares,
en busca de países fabulosos.
Surcamos aguas del Norte y del Sur
hacia el Levante. Las de Occidente
vieron cruzar nuestras veloces naves
como gaviotas rasantes en la espuma,
desde el grandioso Amazonas
hasta las costas de Arabia,
desde China hasta Norteamérica,
desde la hermosa Noruega hasta Vinlandia.
Partiendo de Dinamarca llegamos hasta México.

En la potente flota del faraón Necao II
circunnavegamos toda el África,
saliendo de Guéber por el Mar Rojo
y terminando en Sidón sobre el Mediterráneo.
En compañía del gran cartaginés Hannón
iniciamos un periplo que llegó
hasta la isla de Fernando Poo.
¿Por dónde no navegaríamos?

Encontramos culturas primitivas
y otras muy avanzadas.
En Yucatán y Perú
crecían sociedades más complejas
cuyas tecnologías anunciaban
refinadas evoluciones preincaicas.

La leyenda de Quetzalcóatl,
como ente civilizador,
ofreciendo mariposas a los dioses,
fue fruto de nuestras enseñanzas.
Noche negra para el espíritu de Quetzalcóatl
fue compartir por embriaguez
el lecho con su propia hermana.
Ningún espejo se mostró tan cruel
con los pecados incestuosos de la realeza.

Llegamos en tiempos muy remotos,
con los celtas, los fenicios, los judíos,
incluso con los nipones,
los egipcios y los chinos,
hasta las óptimas tierras de América del Sur.

Vestigios de caracteres rúnicos
en la imagen de un personaje legendario,
grabados sobre las rocas, al este de Paraguay,
aseguran nuestra dispersión vikinga,
cuando con velas desplegadas
quisimos navegar hacia Islandia.

Una tormenta de días y de noches
desvió nuestro rumbo
hasta las costas donde empieza
la impenetrable selva sofocante.

Itinerarios comprobados e hipotéticos
son el resultado de nuestras muchas hazañas.
Recuerdo ahora cómo mis hombres gozaban
con las inscripciones, serpientes y discos solares
descubiertos en el fondo de las cuevas.

En el lejano reino de los Incas,
entre las altas montañas,
dejamos también nuestra leyenda:
Algunas balsas de junco,
restos de barba y mechones de cabello
junto a las rudas pieles con que nos cubríamos.

Por el estrecho de Bering regresamos a Siberia
aprovechando el ciclo de las glaciaciones.
Cazábamos y pescábamos a través de las estepas
con nativos que se aventuraban en busca de sus piezas.
Ese inmenso puente de hielo, uniendo los dos mundos
desde hace más de 40.000 años,
mantiene el paso firme para los exploradores
que requieren la existencia de caminos regulares.

Al principio navegábamos sin brújula
guiados apenas por las brillantes estrellas,
procedimiento adecuado para el cabotaje
pero no para meterse en el océano
y cruzar miles de kilómetros ausentes de la tierra.

Realizábamos portulanos muy exactos
partiendo de documentos más antiguos
procedentes de la gran biblioteca de Alejandría
y de nuestra propia experiencia y conocimiento.

Diodoro de Sicilia nos aseguró
que había una isla montañosa, vasta y fértil,
surcada por ríos navegables,
más allá de los mares africanos,
después de traspasar las Columnas de Hércules.
Allí dejamos la siguiente inscripción:
Somos cananeos de Sidón
originarios de la ciudad del Rey Mercader.
Vinimos a parar a esta isla lejana y montañosa.
Sacrificamos a los dioses un adolescente
en el año 19 de nuestro poderoso rey Hiram.
Zarpamos de Esyón-Guéber, en el Mar Rojo,
y hemos navegado en diez naves
permaneciendo sobre el agua durante dos años
en ruta alrededor de África.
Pero la mano de Baal nos separó
y así llegamos doce hombres y tres mujeres
hasta la “Isla de Hierro”.
¿Acaso a mí como jefe de la tripulación
me es posible desertar? ¡De ningún modo!
¡Que los dioses nos asistan!

Como budistas partimos a Fusang,
paraíso situado en otra orilla del océano Oriental.
Nuestro pequeño junco,
llevado hasta California por las rápidas corrientes,
terminó su larga travesía por el Pacífico Norte
no exento de fuertes tempestades.

Hallamos un pueblo trabajador, que no tenía ciudades
y detestaba la guerra.
Encontramos también el árbol de Fusang
con sus brotes comestibles más sabrosos que el bambú.
Con su corteza confeccionamos telas
que luego utilizamos para un nuevo velamen,
construimos viviendas y fabricamos papel.

Al regresar a China
llevamos como presente al emperador Han
300 libras de seda,
producto de aquel maravilloso árbol.
Futuras investigaciones probarán
la expansión marítima del Asia.

Empujados por tempestades o vientos calurosos
proseguimos nuestras aventuras
por los secretos pasadizos del mundo.
En los años de Eric el Rojo y de su hijo Leif
hicimos recorridos de innumerables kilómetros,
con el fin de alcanzar unos islotes
de cuya existencia teníamos noticia.
Arribamos a países de verdes praderas
y pendientes cubiertas de tupidos bosques,
donde focas y morsas retozaban en los fiordos.

Eric regresó a Islandia, pero mi tripulación y yo
decidimos quedarnos algún tiempo,
estimulados por aquella tierra hermosa
que mi segundo de a bordo denominó Groenlandia.

Hacíamos excursiones navegando a la deriva
acosados por las nieblas y los vientos del norte.
En ocasiones divisábamos costas ignoradas
con suaves elevaciones y arboledas
diferentes a las de Groenlandia.

Recorrimos a la inversa
la ruta de muchos navegantes
descubriendo lagos y nuevos litorales
adornados con playas de fina arena blanca.
En algunos de sus fondos varamos nuestras naves
aprovechando la marea baja.
Cuando subía
remontábamos el curso de los ríos
en busca de leña para nuestra lumbre.
Abundaba el salmón y el invierno era tan suave
que el ganado vivía a la intemperie.
Hasta en el más breve día del año el sol brillaba
desde la hora del almuerzo hasta la noche.

Cierta vez, el timonel hizo un descubrimiento:
¡ V i ñ e d o s !
Al despuntar la primavera
llenamos las bodegas con la divina esencia
y cargamos la nao con excelente madera.

Olvidaba decir cómo era nuestro barco:
Mezcla de knorr vikingo y de galera fenicia,
tenía algo de carabela española y junco chino;
35 metros de eslora
con elevado puente y una curiosa proa,
tablazón de ciprés y remos de encina.
Mástil de cedro como palo mayor,
con su vela cuadra, de lana.
El palo delantero lucía vela latina
y el árbol posterior llevaba la cangreja.
Un techo redondeado, a manera de seta,
cubría casi un tercio de la cabina de popa.
En resumen,
íbamos preparados para navegación de altura.

Después de muchos viajes, de ires y venires,
quedamos en América.
Dejamos el mar (no para siempre)
y penetramos como agujas por incontables ríos.
Los deltas, las arenas, los bosques, los meandros
nos fueron alejando de la costa.

Y remontamos selvas, remolinos y desvíos
con la ambición a cuestas.
Descubrimos nevados, abismos y volcanes;
el paso por los Andes fue una epopeya incierta
pero lo recorrimos con un valor suicida
fundando mil poblados entre la manigua.

Con alas extendidas, el cóndor
nos hizo muchas veces la sombra necesaria
para evitar el sol, ardiente y resecante,
o las tupidas lluvias de ciclo interminable.

Al mar nunca volvimos. Nuestros viajes
se fueron transformando en pura fantasía.

Al despertar,
el barco en que viajaba era una nuez partida
luchando con las olas del Atlántico furioso,
negro y profundo como la noche invernal.

sábado, 13 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL MAR

Esos partos sin fin del universo
en su lecho de luces y tinieblas.
Esos húmedos soles de la vida
quemándose en las tardes, en la noche.
Esa vida, esas tardes, esa noche
rodando como fuente en los espejos.
Ese amor, esa muerte solitaria,
tu frecuente sonrisa contenida.
Mi verdad, tu mentira indescifrable,
todo eso y mucho más
tiene
                el mar
                                el mar
                                               el mar.

Del libro "León hambriento el mar"



BARCOS DE VELA

Son
barcos
que pulsan
la fuerza
del viento
por todos los mares
del pícaro mundo,
con varios juanetes
y sobre juanetes,
con mágicas gavias, mayor y cangreja,
con muchos obenques
y largos trinquetes con sus trinquetillas,
con rígidas vergas, con sus botalones,
palos de mesana con sobremesana,
con velas de foque
y de contra-
foque.

Con tanto velamen de distinto nombre, de diverso corte,
fórmase un barullo de los mil demonios
como en la balandra que navega
dentro de mi rojo mar.





viernes, 12 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



JORNADA DE PESCA

Suelo levantarme a las cuatro de la mañana,
tomar mis aperos y embarcarme
cuando el alba se asoma sobre las crestas del mar.
Parto solo por ser hombre de poca compañía.

Me adentro en el espejo infinito
mientras crece el tamaño de mi panga.
A medida que me alejo de la costa
mi barca se hace más grande.

Mi barco ya es un buque que se bambolea
sobre las olas que pegan contra el casco.
Bajo cubierta se nutren y estremecen
las máquinas procesadoras
que comparten su escenario de locura.

Mi buque tiene 95 metros de eslora
y su manga lo exigido
por los más avezados constructores.

Émulos de Alemania unificada,
Estados Unidos y la antigua Unión Soviética,
que vienen de Groenlandia y Labrador,
procesan, según su cuaderno de bitácora,
casi tanto como nosotros:
¡180 toneladas por día!

Después de la selección inicial
la pesca accesoria debe limpiarse a mano.
Algunos cantan; otros gritan y bromean
o cambian gestos obscenos con sus compañeros.

A las 7 y 35 suena el sistema de altavoces:
¡A izar, a izar! ¡Halen a cubierta!
Dicen los muchachos que ciertos peces, muriendo,
parten con sus dientes los mangos de los remos.

Redes con alas y cabos estabilizadores
se columpian entre garfios y cables
más largos que la embarcación.
Si el contramaestre desempeña su oficio sin destreza
produce atascamientos y pérdidas humanas.
Cuando desciende el barómetro
fuerzas amenazadoras, hasta de 40 nudos,
avanzan hacia nosotros. Suena la sirena.

La aguja del manómetro vacila y cae a cero.
Las ráfagas aumentan y debe suspenderse la faena.
Tras montañas de agua, en desafío permanente,
vemos otro pesquero igualmente en apuros.
Destapo la botella y doy un trago a mis hombres.

Son las dos de la tarde en el océano;
cielo despejado, mar en calma.
Todos contentos, hay mucho barco a la vista:
Británicos, polacos, portugueses, españoles.
Es abrumadora la presencia rusa;
también la japonesa.

Con los prismáticos capturo tanta información
que cualquier capitán la envidiaría.
En los barcos franceses todo es bello.

Me dispongo a regresar, quiero volver a casa;
mi buque se reduce, la temperatura es cálida.
A las cuatro menos cinco afianzo rumbo a la costa;
mi barco sigue achicándose, se divisan las colinas.
Ya es una lancha perdida en el recuerdo.

La tierra está muy cerca;
los perros corretean jugando con el agua.
Un pequeño atún reseco por el sol es todo mi botín.
Allá, en el horizonte, un buque fábrica se aleja
como fantasma en busca de la noche.