jueves, 18 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



LAS PIRÁMIDES

Soñar con las pirámides ocres y rígidas
que yerguen su vetusta anatomía
en medio de las selvas tropicales
o en los áridos desiertos faraónicos,
es cosa non sancta para un marino confeso
cuya vida está ligada a las espumas del mar.

No obstante recortan en la noche
con su cuchillo de roca
las eternas y abstrusas interrogaciones,
ellas, las que cambian por sueños ancestrales
mis mares y querellas interiores,
ocultos bajo montañas dormidas.
Silenciosos testimonios mordidos por la piedra,
desafiantes e inmensos
frente a los estragos del tiempo y de los hombres.

Como telón de fondo el cielo purísimo
quebrado por infinitas estrellas que provocan
oníricas estupefacciones y preguntas graves,
humanas, sobrehumanas, inhumanas,
pero nimbadas siempre de inexplicable leyenda.

Enigmáticos templos mesoamericanos
entre un mar de colinas y tupida vegetación
donde gentes de las tierras calientes
y extranjeros llegados del altiplano
adoraron a sus dioses.

Culturas aprisionadas por la manigua virgen
de sofocante humedad, que plantean aún
sus propuestas audaces sobre el paisaje hostil,
allí, contra las columnatas
donde soldados de Cortés decapitaron el mundo
blandiendo sus espadones sobre innúmeras cabezas,
firmes y esbeltas como campos de maíz.

Pirámide o zigurat, ¿qué importa eso?
Son esplendores perdidos
de la imponente metrópoli de Teotihuacan,
ya medio desplomados
como aquéllos del sacro Egipto y la obscena Babilonia,
donde durmieran tranquilos el buey Apis y Marduc.

Desde sus cimas, igual que pedestales benévolos,
permitieron a los dioses descender hasta sus fieles
para colmarlos, como siempre,
con exiguos dones y desmedidas desgracias;
panteones rebosantes de divinidades que exigían
un culto particular en cada una de las ciudades,
desde la antigua Sumer
hasta el incaico Machu Picchu,
oficiado en secreto por magos y pitonisas
miembros del abominable colegio de las idolatrías.

De corazón me fasciné con sus inmensas moles
como Almamún, califa de Bagdad,
que halló la estatua dorada recubierta de diamantes
más hermosa que los cuentos de Las mil y una noches.

He visto en sueños la masa indestructible
poseída de poderes y atributos sobrenaturales
sirviendo de sepulcro a los herederos del Sol,
pues sus cámaras mortuorias, por siglos y milenios,
han guardado intacto el cuerpo de los reyes
bajo sarcófagos tallados en las lejanas canteras.

¡Qué bellas y resecas momias he soñado!

Casi todas con narigueras o máscaras de oro,
gruesos collares, literas de gala, suntuoso mobiliario,
armas y abundantes provisiones dentro de sus tumbas,
sin faltar, ad hoc, las plañideras
que tornan más doliente el servicio funerario.

He visto eso y mucho más.
Cubiertas por enormes losas,
bellas embarcaciones que lucen casco de teca
sobre la superficie de lagos subterráneos;
en cubierta, los mudos comensales de la realeza
disfrutando con el muerto los últimos manjares.

Qué lejos y cerca estoy del barco solar
con mis sueños difuminados
por el viaje piadoso de una imaginación tardía.
Despierto me defiende del caos
y la locura brillante del poema,
las torres ziguráticas en la llanura imberbe,
la selva tórrida de América,
el inasible mar de China
o el quemante desierto donde duermen
su siesta endemoniada las pirámides.

martes, 16 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



ORIGEN MÍTICO DEL CANGREJO HEIKE

¿Adónde vas a llevarme?
preguntó el niño a la Dama Nii
aquella triste mañana del 24 de abril de 1185.
Ésta, llorando le dirigió una mirada
mientras ataba su largo pelo negro
sobre el vestido blanco.
Luego le juntó las manos,
le ordenó despedirse de todo,
y estrechándolo bien contra su pecho,
le susurró al oído:
Oculto entre las aguas está nuestro palacio.
Y se arrojó con él al fondo del océano.

Dicen los pescadores de aquellas latitudes
que Antoku con su abuela y otros samuráis
vencidos en batalla,
fundaron un imperio debajo de los mares.
Además aseguran que ejércitos fantasmas,
tratando de borrar esa derrota histórica,
lavan continuamente la sangre de los Heike
que viven camuflados en forma de cangrejos.

Del libro "León hambriento el mar"



SUICIDIO DE LOS DOS MARINOS EBRIOS

–Son las olas.
Son las olas invitando para el baile.
–Si las olas fueran hembras,
como aquellas hembras hábiles que seducen en los puertos,
moriría entre sus brazos al vaivén de sus caderas.
–Nada más dulce en el mundo
que aquellos breves atisbos de unos pechos tembladores
como racimos hinchados y maduros, al acecho.
–No hables así ¡por Neptuno! de tan sabrosas delicias.
–Oh, labios de rojo infierno: quisiera tenerlos todos,
que una noche ardiente fuera esta noche en alta mar.
–¡Salud, santa desnudez de todas las bailadoras!
Tahití de suaves velos entre atezadas colinas.
–Locura de tibio ardor nacida en lejanas selvas.
¡Oh, vida desperdiciada, raída, marchita y ciega!
–¡Ay de mí! Ya no podremos ver la costa nuevamente,
si hemos de morir tan pronto
con la garganta hasta el tope de brandy añejo y tormenta.
–Arriba luces y truenos sobre nuestras rotas velas.
Cómo esbeltean las olas contra el lamoso costado,
que hasta la propia amurada siente su próximo fin.
–Desenvainaron su espada los Poseidones del Ártico
para caer como rayos sobre nuestro viejo barco.
–¡Cruje! ¡Cruje, barco anciano! Pero aunque crujas te hundes.
Ya se acabaron los soles que deslumbraban tus jarcias.
–No es necesario, por tanto, hacer tensión en escotas
para enjaular las galernas como si fuesen albatros.
Si hemos de morir mañana, mejor es hacerlo ahora.
–No tienes miedo; eres duro como los hielos del Norte.
Para mí que sea el arpón el que doblegue mi cuerpo
sobre estas aguas saladas.
–Cómo te saltas la tromba, ¡vaya, viejo formidable!
Si hemos de cazar la fiera, que no se nos haga tarde.
–Barco pobre. ¡Pobre barco! Repleto de ron y escoria.
Todo dormirá en el fondo cubierto de oscuras algas
porque dos marinos ebrios decidieron esta noche
arrojar fuera de borda los restos de muchos viajes,
varios puertos y una historia.

domingo, 14 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



MINÚSCULA SAGA
EN EL SUEÑO DE UN MARINO ALUCINADO

Partí con mi tripulación hace milenios
por insondados mares,
en busca de países fabulosos.
Surcamos aguas del Norte y del Sur
hacia el Levante. Las de Occidente
vieron cruzar nuestras veloces naves
como gaviotas rasantes en la espuma,
desde el grandioso Amazonas
hasta las costas de Arabia,
desde China hasta Norteamérica,
desde la hermosa Noruega hasta Vinlandia.
Partiendo de Dinamarca llegamos hasta México.

En la potente flota del faraón Necao II
circunnavegamos toda el África,
saliendo de Guéber por el Mar Rojo
y terminando en Sidón sobre el Mediterráneo.
En compañía del gran cartaginés Hannón
iniciamos un periplo que llegó
hasta la isla de Fernando Poo.
¿Por dónde no navegaríamos?

Encontramos culturas primitivas
y otras muy avanzadas.
En Yucatán y Perú
crecían sociedades más complejas
cuyas tecnologías anunciaban
refinadas evoluciones preincaicas.

La leyenda de Quetzalcóatl,
como ente civilizador,
ofreciendo mariposas a los dioses,
fue fruto de nuestras enseñanzas.
Noche negra para el espíritu de Quetzalcóatl
fue compartir por embriaguez
el lecho con su propia hermana.
Ningún espejo se mostró tan cruel
con los pecados incestuosos de la realeza.

Llegamos en tiempos muy remotos,
con los celtas, los fenicios, los judíos,
incluso con los nipones,
los egipcios y los chinos,
hasta las óptimas tierras de América del Sur.

Vestigios de caracteres rúnicos
en la imagen de un personaje legendario,
grabados sobre las rocas, al este de Paraguay,
aseguran nuestra dispersión vikinga,
cuando con velas desplegadas
quisimos navegar hacia Islandia.

Una tormenta de días y de noches
desvió nuestro rumbo
hasta las costas donde empieza
la impenetrable selva sofocante.

Itinerarios comprobados e hipotéticos
son el resultado de nuestras muchas hazañas.
Recuerdo ahora cómo mis hombres gozaban
con las inscripciones, serpientes y discos solares
descubiertos en el fondo de las cuevas.

En el lejano reino de los Incas,
entre las altas montañas,
dejamos también nuestra leyenda:
Algunas balsas de junco,
restos de barba y mechones de cabello
junto a las rudas pieles con que nos cubríamos.

Por el estrecho de Bering regresamos a Siberia
aprovechando el ciclo de las glaciaciones.
Cazábamos y pescábamos a través de las estepas
con nativos que se aventuraban en busca de sus piezas.
Ese inmenso puente de hielo, uniendo los dos mundos
desde hace más de 40.000 años,
mantiene el paso firme para los exploradores
que requieren la existencia de caminos regulares.

Al principio navegábamos sin brújula
guiados apenas por las brillantes estrellas,
procedimiento adecuado para el cabotaje
pero no para meterse en el océano
y cruzar miles de kilómetros ausentes de la tierra.

Realizábamos portulanos muy exactos
partiendo de documentos más antiguos
procedentes de la gran biblioteca de Alejandría
y de nuestra propia experiencia y conocimiento.

Diodoro de Sicilia nos aseguró
que había una isla montañosa, vasta y fértil,
surcada por ríos navegables,
más allá de los mares africanos,
después de traspasar las Columnas de Hércules.
Allí dejamos la siguiente inscripción:
Somos cananeos de Sidón
originarios de la ciudad del Rey Mercader.
Vinimos a parar a esta isla lejana y montañosa.
Sacrificamos a los dioses un adolescente
en el año 19 de nuestro poderoso rey Hiram.
Zarpamos de Esyón-Guéber, en el Mar Rojo,
y hemos navegado en diez naves
permaneciendo sobre el agua durante dos años
en ruta alrededor de África.
Pero la mano de Baal nos separó
y así llegamos doce hombres y tres mujeres
hasta la “Isla de Hierro”.
¿Acaso a mí como jefe de la tripulación
me es posible desertar? ¡De ningún modo!
¡Que los dioses nos asistan!

Como budistas partimos a Fusang,
paraíso situado en otra orilla del océano Oriental.
Nuestro pequeño junco,
llevado hasta California por las rápidas corrientes,
terminó su larga travesía por el Pacífico Norte
no exento de fuertes tempestades.

Hallamos un pueblo trabajador, que no tenía ciudades
y detestaba la guerra.
Encontramos también el árbol de Fusang
con sus brotes comestibles más sabrosos que el bambú.
Con su corteza confeccionamos telas
que luego utilizamos para un nuevo velamen,
construimos viviendas y fabricamos papel.

Al regresar a China
llevamos como presente al emperador Han
300 libras de seda,
producto de aquel maravilloso árbol.
Futuras investigaciones probarán
la expansión marítima del Asia.

Empujados por tempestades o vientos calurosos
proseguimos nuestras aventuras
por los secretos pasadizos del mundo.
En los años de Eric el Rojo y de su hijo Leif
hicimos recorridos de innumerables kilómetros,
con el fin de alcanzar unos islotes
de cuya existencia teníamos noticia.
Arribamos a países de verdes praderas
y pendientes cubiertas de tupidos bosques,
donde focas y morsas retozaban en los fiordos.

Eric regresó a Islandia, pero mi tripulación y yo
decidimos quedarnos algún tiempo,
estimulados por aquella tierra hermosa
que mi segundo de a bordo denominó Groenlandia.

Hacíamos excursiones navegando a la deriva
acosados por las nieblas y los vientos del norte.
En ocasiones divisábamos costas ignoradas
con suaves elevaciones y arboledas
diferentes a las de Groenlandia.

Recorrimos a la inversa
la ruta de muchos navegantes
descubriendo lagos y nuevos litorales
adornados con playas de fina arena blanca.
En algunos de sus fondos varamos nuestras naves
aprovechando la marea baja.
Cuando subía
remontábamos el curso de los ríos
en busca de leña para nuestra lumbre.
Abundaba el salmón y el invierno era tan suave
que el ganado vivía a la intemperie.
Hasta en el más breve día del año el sol brillaba
desde la hora del almuerzo hasta la noche.

Cierta vez, el timonel hizo un descubrimiento:
¡ V i ñ e d o s !
Al despuntar la primavera
llenamos las bodegas con la divina esencia
y cargamos la nao con excelente madera.

Olvidaba decir cómo era nuestro barco:
Mezcla de knorr vikingo y de galera fenicia,
tenía algo de carabela española y junco chino;
35 metros de eslora
con elevado puente y una curiosa proa,
tablazón de ciprés y remos de encina.
Mástil de cedro como palo mayor,
con su vela cuadra, de lana.
El palo delantero lucía vela latina
y el árbol posterior llevaba la cangreja.
Un techo redondeado, a manera de seta,
cubría casi un tercio de la cabina de popa.
En resumen,
íbamos preparados para navegación de altura.

Después de muchos viajes, de ires y venires,
quedamos en América.
Dejamos el mar (no para siempre)
y penetramos como agujas por incontables ríos.
Los deltas, las arenas, los bosques, los meandros
nos fueron alejando de la costa.

Y remontamos selvas, remolinos y desvíos
con la ambición a cuestas.
Descubrimos nevados, abismos y volcanes;
el paso por los Andes fue una epopeya incierta
pero lo recorrimos con un valor suicida
fundando mil poblados entre la manigua.

Con alas extendidas, el cóndor
nos hizo muchas veces la sombra necesaria
para evitar el sol, ardiente y resecante,
o las tupidas lluvias de ciclo interminable.

Al mar nunca volvimos. Nuestros viajes
se fueron transformando en pura fantasía.

Al despertar,
el barco en que viajaba era una nuez partida
luchando con las olas del Atlántico furioso,
negro y profundo como la noche invernal.

sábado, 13 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL MAR

Esos partos sin fin del universo
en su lecho de luces y tinieblas.
Esos húmedos soles de la vida
quemándose en las tardes, en la noche.
Esa vida, esas tardes, esa noche
rodando como fuente en los espejos.
Ese amor, esa muerte solitaria,
tu frecuente sonrisa contenida.
Mi verdad, tu mentira indescifrable,
todo eso y mucho más
tiene
                el mar
                                el mar
                                               el mar.

Del libro "León hambriento el mar"



BARCOS DE VELA

Son
barcos
que pulsan
la fuerza
del viento
por todos los mares
del pícaro mundo,
con varios juanetes
y sobre juanetes,
con mágicas gavias, mayor y cangreja,
con muchos obenques
y largos trinquetes con sus trinquetillas,
con rígidas vergas, con sus botalones,
palos de mesana con sobremesana,
con velas de foque
y de contra-
foque.

Con tanto velamen de distinto nombre, de diverso corte,
fórmase un barullo de los mil demonios
como en la balandra que navega
dentro de mi rojo mar.





viernes, 12 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



JORNADA DE PESCA

Suelo levantarme a las cuatro de la mañana,
tomar mis aperos y embarcarme
cuando el alba se asoma sobre las crestas del mar.
Parto solo por ser hombre de poca compañía.

Me adentro en el espejo infinito
mientras crece el tamaño de mi panga.
A medida que me alejo de la costa
mi barca se hace más grande.

Mi barco ya es un buque que se bambolea
sobre las olas que pegan contra el casco.
Bajo cubierta se nutren y estremecen
las máquinas procesadoras
que comparten su escenario de locura.

Mi buque tiene 95 metros de eslora
y su manga lo exigido
por los más avezados constructores.

Émulos de Alemania unificada,
Estados Unidos y la antigua Unión Soviética,
que vienen de Groenlandia y Labrador,
procesan, según su cuaderno de bitácora,
casi tanto como nosotros:
¡180 toneladas por día!

Después de la selección inicial
la pesca accesoria debe limpiarse a mano.
Algunos cantan; otros gritan y bromean
o cambian gestos obscenos con sus compañeros.

A las 7 y 35 suena el sistema de altavoces:
¡A izar, a izar! ¡Halen a cubierta!
Dicen los muchachos que ciertos peces, muriendo,
parten con sus dientes los mangos de los remos.

Redes con alas y cabos estabilizadores
se columpian entre garfios y cables
más largos que la embarcación.
Si el contramaestre desempeña su oficio sin destreza
produce atascamientos y pérdidas humanas.
Cuando desciende el barómetro
fuerzas amenazadoras, hasta de 40 nudos,
avanzan hacia nosotros. Suena la sirena.

La aguja del manómetro vacila y cae a cero.
Las ráfagas aumentan y debe suspenderse la faena.
Tras montañas de agua, en desafío permanente,
vemos otro pesquero igualmente en apuros.
Destapo la botella y doy un trago a mis hombres.

Son las dos de la tarde en el océano;
cielo despejado, mar en calma.
Todos contentos, hay mucho barco a la vista:
Británicos, polacos, portugueses, españoles.
Es abrumadora la presencia rusa;
también la japonesa.

Con los prismáticos capturo tanta información
que cualquier capitán la envidiaría.
En los barcos franceses todo es bello.

Me dispongo a regresar, quiero volver a casa;
mi buque se reduce, la temperatura es cálida.
A las cuatro menos cinco afianzo rumbo a la costa;
mi barco sigue achicándose, se divisan las colinas.
Ya es una lancha perdida en el recuerdo.

La tierra está muy cerca;
los perros corretean jugando con el agua.
Un pequeño atún reseco por el sol es todo mi botín.
Allá, en el horizonte, un buque fábrica se aleja
como fantasma en busca de la noche.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL RESCATE DE EL RUMBA

Verdinegras montañas coronadas de espuma
llegaban del noroeste
castigando con violencia el costado del carguero
(son borrascas muy frecuentes en invierno
frente a costas canadienses).

En bodega, boggies de locomotora
se estrellaban contra el vientre
maltratado del gigante.
Ráfagas de nieve se oponían
a todo intento de auxilio desde el aire.

Los curtidos tripulantes presintieron
el posible abandono de la nave,
pero en tales circunstancias no era dado
el uso de los botes salvavidas.

Felizmente, un remolque que cruzaba
desafiando los fuertes ventarrones
por aquellos parajes solitarios,
disparó sus cabos hacia El Rumba,
hasta ser atrapados por las manos
de los rudos marineros.

Las dos embarcaciones, reunidas,
se lanzaron a través de las tinieblas,
con sus proas hacia puerto.
Al llegar con el alba el nuevo día
náufrago y remolque continuaban
cabalgando seguros el océano,
pero muchos de los boggies en cubierta,
tras aquel apocalipsis tenebroso,
ya no estaban como antes en sus puestos.

Del libro "León hambriento el mar"



SIR FRANCIS DRAKE

Como todo corsario respetable
este noble pirata caballero
impuso en los sitios más disímiles
su ley, su pasión y su bandera.

Probó fortuna en aguas del Caribe
saqueando los puertos granadinos
y otros tantos de Centro y Suramérica.

Atacó a los portugueses que viajaban
con destino a las Indias Orientales,
y venció a los ibéricos cayendo
sobre Cádiz por sorpresa.

Su Golden Hind,
con veintisiete metros de eslora
y seis de manga,
era una embarcación de buen calado
que podía desplazar cien toneladas
y ochenta tripulantes ampliamente.
Sus dieciocho cañones la guardaban
de posibles asechanzas enemigas;
desde cofa los vigías,
entrenados en ballesta y en mosquete,
oteaban dispuestos al combate.

Grandes masas de oro, reunidas,
consecuencia de múltiples pillajes
efectuados contra barcos españoles,
fueron fruto final de las batallas
que libró para gloria de Inglaterra.

No contento con tales desafueros,
según la relación de sus asaltos,
fue asimismo a través de su existencia
un curtido y sagaz explorador.

Murió finalmente en Portobelo
(amargado en verdad por la derrota
que le dieran las tropas españolas)
de una simple y vulgar disentería.

martes, 9 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



FRANCISCO DE ORELLANA

Rabadán de pastores,
se aventuró en el mar tras un amigo
conquistador de las tierras del Perú.
Acumuló riquezas en haciendas,
en botines de guerra y en esclavos.

Ascendió a gobernador, pero embrujado
por el canto de las aves en la selva,
vendió cuanto tenía
para unirse al hermano de su amigo
que viajaba al país de la canela.

Después de la escisión llegó hasta el Amazonas,
continuando su ruta hacia el Atlántico,
acusado de traición y deslealtad.
De regreso a la patria
se propuso financiar su empresa:
Poblar y retener lo conquistado.

Sin embargo, la suerte le negó
(lo dice el narrador de sus hazañas)
el pago de su lucha inquebrantable,
hasta el día en que vencido por el trópico,
a la edad de treinta y cinco años,
suspendió la tarea comenzada.

lunes, 8 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"




MAGALLANES

Circunnavegó la Tierra
en no muy consistentes embarcaciones
buscando nuevas rutas a la inmortalidad.
Enfrentó con valor el sabotaje
y la sublevación de sus hombres,
minados por el escorbuto.

Dura y fría proeza
fue cruzar las aguas de los patagones,
coronada con la muerte
en el feroz ataque de los filipinos.

Pero algo queda en la memoria de los pueblos
y la posteridad no ha sido ingrata del todo:
Varios sitios, en la Tierra y en el cielo,
conservan dignamente su nombre
como sello indeleble y carismático
en los archivos de la historia universal.

Del libro "León hambriento el mar"


VASCO DE GAMA

Los portugueses no cejaban en su empeño
de hallar nuevos países al otro lado del mar.
Las distintas expediciones,
comandadas por hombres avezados
en el difícil arte de la navegación,
buscaban intercambios comerciales
con los Estados de Oriente.

En medio de tanto aventurero,
no siempre coronado por el éxito,
creció un niño vivaz a quien la madre
deslumbró con canciones y leyendas
de regiones misteriosas y distantes.

Muy joven conoció el Mediterráneo
defendiendo los puertos imperiales
de los navíos piratas.
Fue a India por las costas africanas,
regresando después a Portugal,
donde un largo reposo de 20 años
lo alejó de sus dudas y los viajes.

Finalmente, el eximio navegante
reanudó sus andanzas marineras
por las aguas del Asia legendaria.

viernes, 5 de octubre de 2012

Del libro "León hambriento el mar"



EL HOMBRE QUE VIVIÓ EN EL MAR

Aquella noche el viejo Saunderson
no tuvo en quién desalojar su furia,
mientras el viento del Este, taciturno,
traía de la vasta inmensidad
el ronco sonido de las marejadas.

Todo era deslumbrante para el ansioso joven:
la charla de los tripulantes,
el alquitrán y la estopa,
el crujido de las jarcias,
el graznar de las gaviotas.

Con el romántico nombre de Freelove,
su primer buque fue un destartalado carbonero
pesado y bullicioso: Nueva Zelanda – Hawai –
Australia – Estrecho de Bering – Terranova –
Buena Esperanza – Nueva Caledonia – Tahití...
Casi todo el Pacífico y parte del Atlántico,
entre muchos otros lugares,
dieron testimonio de su tenacidad
como viajero incansable,
matemático y astrónomo.

Refutó la existencia de míticos países
y supuestos pasadizos
indicados en los mapas de la época.
Los astros se unieron a su rumbo,
cuando Venus cruzó el disco del Sol
el 3 de junio de 1769,
suceso irrepetible en lo restante del siglo.

Aprendió a conocer el carácter de los hombres
y el trabajo encalleció su cuerpo
pero no su corazón.
Practicó la honradez,
las buenas maneras y los altos ideales.

Como grumete su vida fue muy dura.
Luego pasó a ser marinero,
después contramaestre y finalmente capitán.

Años más tarde, cuando arreció la tormenta
destruyendo mástiles y haciendo trizas las velas,
los nativos aprendieron que su dios era mortal.
Su cúter fue robado para sacarle los clavos,
en tanto el brujo de la tribu
declaraba el distrito como un extenso tabú.

En medio de estampidos de cañones
y atrapado entre lanzas y flechazos,
el gran navegante sucumbió.
Los sobrevivientes arrojaron sus restos
al sitio por él denominado:
Las oscuras profundidades de mi hogar.