martes, 28 de marzo de 2017

Del libro "Poemas de mar y tierra"

















MEDELLÍN

Caminando por la ruta del tranvía
me topé con Fernando González,
León de Greiff,
y don Tomás Carrasquilla,
trío de brillante inteligencia
que dio gloria y respeto a este valle
donde tantos conductores desbocados
sobrepasan semáforos en rojo
con viejas chimeneas de humo espeso,
atosigando la vida que nos queda.

Ciudad de contrastes y entredichos,
metro y metroplús modernos,
donde las autoridades,
ponen paños de agua tibia en las heridas
productoras de los miasmas cotidianos,
afectando más aún el medio ambiente
que agoniza sin remedio en los fangales.

Los drogadictos desfallecen en las calles
como perros rechazados por sus amos,
cuando no por balaceras asesinas
que acortan el camino de la limpieza social.

En algunas bibliotecas y universidades
la cultura se defiende verbo a verbo,
mientras un populacho embrutecido
por el fútbol, el licor y la farándula
decide la matanza de la víctima final.

Los artistas reclaman sus derechos
con protestas y marchas educadas,
en tanto el río (letrina que no cesa)
se desliza sin peces, sin oxígeno,
hacia un pálido norte arrabalero,
asfixiado por los ritos de la incuria
que adormece la conciencia ciudadana.

Entre la escoria y el oro
de una obtusa idiosincrasia montaraz,
Medellín, pretenciosa y rezandera,
se hunde torpemente en veleidades
y en oscuros socavones burocráticos,
donde nacen semillas de infortunio
abonadas por políticos y mafias.

Con la ira que produce la impotencia
convivimos ahogados por desechos
en esta urbe antiguamente bella;
los pulmones, al borde del colapso,
luchan tenaces contra gases tóxicos
que dan mareos y producen tos.

Quienes fueron honrados están muertos
y sólo quedan residuos deletéreos
reforzados por el cáncer del desgreño,
con metástasis de odio en las cantinas,
con mendigos mugrientos en las calles,
con ruegos y quejidos en el viento,
con puñales traicioneros en los parques,
con hipócritas promesas en los templos.

Adiós ensueños, e ilusiones todas,
adiós proyectos y esperanzas muertas,
adiós formas de vida humanizadas
en esta cárcel fanática y violenta.

Adiós poema que enmudece solo
como grito lanzado en el vacío,
como barca sin vela y sin timón
en un mar de oleaje embravecido.

Adiós flores marchitas del jardín,
adiós taza de plata en la montaña,
cuna de hombres y mujeres generosos
que ya duermen en paz bajo la tierra,
y en estatuas de bronce salpicadas
por el pardo excremento de las aves
ambulantes, igual que los humanos,
en busca de pan, amor y abrigo
sobre un suelo de crímenes y penas.

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